lunes

Lema Orante Semanal


HAY ALGO MÁS
30 de septiembre de 2019

Y la especie se hizo numerosa; se descubrió predominante; se expandió hasta donde quiso. Todo parecía dispuesto a servirle.
Y la especie se sirvió, pero… bajo la tutela del dominio, del control, de la manipulación, de la violencia… –de pensamiento, de palabras, de obras, de omisiones-. Y se sirvió, llamándose “la inteligente”; llamándose “la sabia”.
Y se escuchó a sí misma. Y se vio poderosa.
Poderosa, por su capacidad de destruir con el pensamiento, con las palabras, con las acciones, con las omisiones.
Y cada ser tenía la potestad de arruinar a otro ¡de su misma especie!
Se establecieron fronteras para distribuirse poderes. Se establecieron sistemas de agrupaciones para “facilitar” el dominio: familias, Estados, gobiernos, ejércitos…
Y progresivamente, cada uno ¡defendía! “lo suyo”, porque lo había ganado en una guerra.
Cada cual se sentía poseedor de… al menos –¡al menos!- poseedor de sí mismo. Se poseía. Pero habitualmente poseía a otros. Escasamente compartía. ¡Poco convivía!

Se llamaban unos a otros con los insultos más adecuados, para competir; para buscar humillar o castigar.
La trampa de la mentira se hacía preponderante, ¡anunciando libertades!, propagando e insinuando individualidades; dando, dándose cada uno la posibilidad de ser juez, y poder condenar, juzgar, castigar….
¡Ayyy! Y aquellos que se lo creyeron, que libertarios vivían, en cuanto ejercieron su sentir, prontamente fueron reprimidos, aislados, insultados.

Una forma particular de ejercitarse en las libertades, eran los gustos: “Me gusta”. “No me gusta”. “Esto me gusta”. “Esto no me gusta”…
Como si no existieran otros sentidos.
¡Ayyy! Pero, a la vez –¡ay, a la vez!-… a la vez, cada represor esgrimía sus argucias y sus criterios, para reclamar aliados. Y así, ser más poderoso. Y del “me gusta” y “no me gusta” se pasó a las querencias: “Quiero esto, quiero lo otro. No quiero esto, no quiero lo otro”. Y se interpretaron como libertades. ¡Ayyy!...
No. No, no. No se escuchaban los mensajes del color del cielo, de la tormenta, de la arena al ser pisada, de las flores, de cada ser que… ¡bueno!, podría ser llamado “vivo”, pero era simplemente un esclavo; un bien de consumo.

Pero quizás, como dándose cuenta –sí, seguramente-… como dándose cuenta del atropello que por sistema se hacía –los grandes sobre los pequeños, los mayores sobre los jóvenes, los importantes sobre los ignorantes, y una larga lista de improperios-, sí, como dándose cuenta de que, quizás… –quizás, ¿eh?- quizás esa vorágine destructora ya se volvía contra sí mismos, la especie ya no tenía interés en controlar al perro, al gato, al tigre, al león. Ya estaban todos domesticados: el gladiolo, la rosa, el trigo, el centeno… Ya estaban todos debidamente controlados. Y en base a ello, el interés más acuciante era poder establecer recuas de seguidores o... ¡esclavos!, que sirvieran… ante la evidencia del poder de uno o de unos, las tendencias de uno o de unos.
Y así, se fueron repartiendo las disfrutadas muestras de poder; que, a su vez       –claro está-, utilizaban el chantaje para despertar, en los que aspiraban a algo más, despertar lástima e incluso renunciar a ser esclavos, para pasar a ser hiper esclavos, con tal de que el señor no se enfadara.
¿Libertad…? ¿Dónde?
Quizás, quizás al verse tan dominador, tan controlador, tan esclavista, un día –¿un día?; cualquier día- se dio cuenta de que… quizás –quizás, ¿eh?- había algo más que su especie, la cual ya estaba rotulada, ya estaba rota, ya estaba fracturada por sus intereses, sus gustos y sus querencias.

Pero la especie… ¡viva era! Y, en consecuencia, el dolor esclavo, aunque se convirtió pronto en gustoso, en gustosamente masoquista, no obstante, había detrás y delante, y a la derecha y a la izquierda, la necesidad de tener un cierto dominio, ¡aunque fuera pequeño!... Al menos, dirigir y tener bajo su mando a un grupo de hormigas a las que se pudiera matar o cocer o comer.
Pero quizás, quizás por todo eso, se llegó a pensar –se llegó a pensar, ¿eh?- ¡que había alguien más!
“¿Alguien más?”…
Y cada uno se decía: “¿Alguien más que yo? ¿Alguien más que yo, al que me deben pleitesía éste o aquél o el otro…?”.
El que más o el que menos fue descubriendo sus pequeñas grandes esclavitudes. Fue descubriendo sus… carencias. No todo estaba dominado, y sí que estaba, cada cual, dominado.
Y así que… en vista de que pedir auxilio a las plantas, a los animales, a la tierra, al cielo, a los de delante, a los de atrás, a los semejantes, no…
¡Oh!... Seguramente, podría haber alguien ¡más poderoso! Seguramente se podría pedir… pedir su auxilio; ¡reclamar su intercesión!
Sí. Había que crear… había que crear alguna… ¿trampa... o consuelo…?
¡Ahhh!, ¡sí! Para que, de esa manera, la queja de cada uno no se volviera contra el dominador, y reclamara a “lo Poderoso”, a “lo Grande”, su ayuda: “Dios”.
¡Ah!... No era mala idea.
Un bálsamo para el oprimido, para el perseguido, para el juzgado, para el condenado. Un bálsamo para el esclavo. También, un bálsamo de justificación para el poderoso, que podía actuar ¡en su nombre!...

Tanto fue así el éxito de la idea, que algunos se erigieron en dioses, al menos designados por... por ellos: por los dioses; ante lo cual, estaba justificada cualquier ignominia.

Las religiones vinieron a confluirse con los poderosos, claro, y se hicieron poderosas. Pero fueron el bálsamo ideal para ¡perpetuar!... el poder del padre sobre el hijo, el poder de la familia sobre otras, el poder de un grupo sobre otro, el poder…
Cada uno tenía su coartada. “En el nombre de Dios”, ¡claro!

Sí. Esta Llamada Orante nos remite, en breves trazos, al estado en el que se desarrolla y se encuentra nuestra humanidad. Que no es nuestra, por cierto. No hay “algo” que nos pertenezca.
Sí. El Sentido Orante, la Llamada Orante… nos llama hacia la percepción de nuestro ser y estar, como revelándonos –como advertencia- que el continuar en ese sentido… nos hace nefastos. Nos hace rapiña. Nos convierte en inquisidores… sordos a cualquier otra llamada que no sea la propia.

El Sentido Orante nos reclama nuestra participación en descubrirnos como comunidad viviente y en alertarnos sobre nuestros comportamientos y maneras, a sabiendas de que ¡hay algo más!… ¡Y ese “algo más” se expresa! ¡Y se expresa orantemente!...
Decía la plegaria: “En el nombre de Dios confío”
Aparte de lo impropio de esa sentencia, puesto que no sabemos su nombre –no precisa nombre; es un Misterio insondable-, si el ser se hace consciente, simplemente mirando a las estrellas o contemplando el perfume y la belleza recortada de una flor –sí: contemplando el perfume, contemplando la sensación que experimento ante ese perfume-…, si por un momento me sorprendo alabando la belleza de un amanecer o de un atardecer, o si me desbordan las estrellas, ¡y en un descuido me siento inútil, incapaz, insolvente!… rápidamente me recupero, y hay que mantener la poderosa figura que, como siga mirando las estrellas y sintiendo la belleza, su poder se va a ¡derretir!

Hay algo más.

Por aquello del poder y la confianza, ¡hay “alguien” más!
¡Qué soberbia!

Nos llaman a orar a través del auxilio que precisamos, de la injusticia en la que el ser se ha posicionado.
Nos llaman a orar a sabiendas de que el auxilio es necesario. Y en consecuencia, la conversión es imprescindible.

Sí; una conversión de una especie de un ‘masculinismo’ preponderante, que se convierte en algo plegable, dúctil, sumiso, humilde y servidor.
¿Es mucho…?
Menos es inadmisible.

Y si se tiene dificultad para saber que hay “algo más” –saberlo en el sentido de sentirlo- y que el auxilio es perentorio… ¿acaso no se derraman mágicamente, constantemente, providencias, compasiones, misericordias, piedades…?
Basta fijarse un poco –¡un poco!-, para darse cuenta de que esas instancias están ahí.
Quizás, por la inmensidad de ellas, no se alcanza a ver. E incluso podemos pensar que somos nosotros los que… ejercemos la compasión, la misericordia, la bondad…

Ahí… ahí –¡ay!- está el Misterio insondable, el Misterio Creador que nos reclama con su oración; que “nos evidencia” nuestra situación, a la vez que nos alienta ante la percepción de su presencia.




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domingo

Lema Orante Semanal


DEDICARSE A LA VIDA
23 de septiembre de 2019

La Creación en su Misterio, “entre otras cosas”, se dedica a mantener la VIDA.
Y dentro de nuestra ignorancia a propósito de ella –puesto que somos capaces de describir aspectos, pero la verdadera esencia de la vida no la conocemos porque su origen se pierde en los confines del sin-tiempo-, ¿a qué dedicamos la vida? –que ya sabemos que no es nuestra, que “no es mía”-.
¿A qué…?
Como cuando preguntan… “¿A qué dedica usted el tiempo libre? ¿A qué dedica usted la jornada?”... ¿Cuál es nuestra dedicación como seres vivientes? Sin saber muy bien qué es la vida –bueno, “muy bien”; sin saber qué es la vida-.
Pero ¡estamos vivos! Al menos, ésa es la consciencia que tenemos… cuando estamos en vigilia –despiertos, ¡claro!-. Cuando estamos dormidos, otros testifican que estamos vivos.
¿A qué…? ¿A quién…? Porque también podría ser una dedicatoria: “¿A quién dedica usted su vida?”. Como el que escribe un libro: “Este libro se lo dedico a…”.
Y de hecho preguntan: “¿A qué se dedica usted?” –como vida-. “¿Cuál es su dedicación?” –a propósito de su vida-.

Si nos fijamos un poco en nuestras palabras –evidentemente, en otras habrá que fijarse en otros aspectos-, DE es de “darse”, DI es de “decir”, y CARSE… podría ser la acción de “hacer”.
Podríamos tener, en esa palabra, una parte de la respuesta adecuada, a propósito de: “¿A quién? ¿A qué? ¿De qué forma dedica usted la vida?”.
Así que podríamos decir que, en el estado paradisiaco –algo así, desde el punto de vista orante, implicado con kábala de palabras-… podríamos decir que a darme en cuanto a ofrecerme, en cuanto a servir; en emplear la palabra o un lenguaje postural o gestual: darme a conocer; y hacer. Hacer con los recursos y medios de que dispongo, según mi creatividad, según mi capacitación

Darse, ofrecerse, servir, expresarse, mostrarse, darse a conocer… y hacer.
O sea que, con este simple… pequeño rompecabezas, podríamos empezar, cada día –cada día o cada cualquier momento del día-, a darnos: Dese a lo que sea preciso de usted; a lo que se requiera, a lo que se pida de usted.
Exprésese, y emplee la palabra como elemento de ayuda. Exprésese según la necesidad.
Y haga; haga en la medida en que se le demanda, por activa o por pasiva, cualquier proceso.

Así que aquí tendríamos ya, cuando alguien nos diga: “¡Ay!, mire, no sé qué hacer con mi vida”… –y es frecuente que nos digan: “no sé, no sé qué hacer con la vida”-, pues ya podemos decir:
.- ¡Ah! Pues yo sí sé qué se puede hacer con la vida.
.- ¿Sí?
.- Sí, sí: dedicarse a ella.
¿Cómo dedicarse a ella?
Pues dándose, ofreciéndose, sirviendo… Por una parte.
Por otra parte, dándose a conocer; empleando las palabras adecuadas y mostrando gestualmente, en actitud, en sentir y en mente, quién soy, y lo que hago y lo que siento.
Y realizar, hacer… en concreto; en presente de indicativo.
Porque de seguro que muchas veces nos han dicho eso: “¡Es que no sé qué hacer con mi vida!”.
Y nos hemos quedado un poco callados, ¿no?:
.- Bueno… Con la vida no hay que hacer nada. Hay que vivirla.
.- Ya, ya, pero ¿cómo la vivo? Algunas instrucciones.

Ahora tenemos tres instrucciones.
Claro, la persona que hace esa pregunta todavía pide más, o pone algún inconveniente a estas tres facetas.
Pero lo que podemos decir a continuación es que “la vida se dedica a vivir”.
Bien. Aunque no sepamos el origen, el desarrollo y la evolución de la vida, y tengamos algunos criterios, pero siempre muy limitados, sí debemos tener claro que… un acontecer extraordinario dedicó, ¡y dedica!... y se dedica a mantener la vida.
Y en imagen y semejanza a ello, nosotros tenemos que dedicar nuestra vida.
De ahí la importancia de nuestro sentido de vida; de ahí la importancia de nuestra vocación; de ahí la importancia de nuestra participación.

Con este pequeño termómetro…
Y podemos desarrollar otras capacidades más sutiles, pero, a ser posible, que no dejen de cumplir estas tres facetas. Porque, además, estas tres facetas participan de la vida en general… y, obviamente, de la vida particular de cada ser.
Si a estas tres facetas les añadimos, no una cuarta sino una primera faceta: que hay una intención dedicada a que se mantenga la vida –vamos a llamarlo así-… y si simultáneamente asumimos qué es dedicarse, y quién se dedica a que nos podamos dedicar…, realmente no estaremos solos; no estaremos en tristeza; no estaremos en abulia o en apatía; no estaremos en desespero.

Sentirnos partícipes de una Dedicación Universal… es realmente asombroso: que un Misterio inabordable nos dedique su atención para que estemos, y, encima, que nos permita dedicarnos.
En otro nivel, contando con lo ya hecho por la dedicación…, resulta verdaderamente sorprendente –¿no?- que tengan, que tenga… –plural, singular, ¡puf!- ¡tanta confianza y tanta fe!, entre otros, en nosotros, como para permitirnos dedicarnos ¡a vivir!... Y nos den sugerencias de cómo hacerlo.
Ciertamente, se puede entender fácilmente esa frase del Centurión: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, mas una palabra tuya bastará…”.
Y nos dieron el don de la palabra.

No, no, no podemos defraudar… Mis palabras están avaladas por una dedicación; mis servicios, mis “haceres”… ¡No puedo defraudar! No puedo ser ¡un fraude!
¡Es demasiada la inversión que sobre cada uno de nosotros hace el Misterio Creador!

Así que, aquellos que tienen la “fortuna” ¡de haber escuchado la palabra!, ¡de haberla sentido!... desde los silencios, y tienen, en consecuencia, la imperiosa necesidad de ¡dedicarse a la vida!… –y más ellos, por el privilegio que les adorna-, no, no pueden defraudar.



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sábado

Lema Orante Semanal


NO HAY SOLEDAD, SINO UNA INFINITA COMPAÑÍA
16 de septiembre de 2019

En ocasiones hemos orado bajo el sentido de “no soy de mí”; al no ser de mí, no me pertenezco: “mi vida no es mía”. Y de tomar consciencia de que mi vida no es mía, y que en el sentido de vivirla como así se vive –como “mía”-, lo que hago es ahogar la vida.
Y pareciera –“pareciera”- que, al no pertenecerme…, se corriera el riesgo de entrar en la infinita soledad
Pero surge… surge ese sentido ¡de pérdida!, cuando resulta que no es mi vida.
Sí; como se suele expresar: “He perdido mi vida”. “Perdió la vida”… etc.

Y ocurre… y ocurre que sí es frecuente que el ser se sienta ¡desolado!, ¡solo!, abandonado. Sin duda, nos precipitamos a decir que son secuelas de “la soberbia”…
Porque no ha perdido nada. Se le creó la ilusión de que era suya la vida. Y al descubrir que no lo es, cree que ha perdido algo. ¡Y no ha perdido! ¡Ha ganado!
Ha ganado evidencias. Ha ganado expansiones. Ha ganado percepciones. ¡Pero no le pertenecen!... Con lo cual, se ha desprendido de… ¡el yugo de la posesión, de la vigilancia, del huraño proceder de ahorros acumulados! –y un largo etcétera producto de la posesión-.
¡Pero sí!, sí resulta –por momentos- la aparición, en el horizonte, de la ‘sol-edad’.
Porque, acostumbrados a la posesión, acostumbrados a “lo mío”, y siendo de un Misterio, siendo de una procedencia infinita, se nos hace difícil abarcarla; y más aún, por momentos, querer poseerla, u ordenarla o ¡pedirla!...
“Desfachatez”.

Deberíamos… deberíamos ser, con respecto a vivir, como esa cría de elefante que se acerca siempre a las entrepiernas de la madre; que se siente frágil, se siente tierna…
Debería ser como la cría de la ballena jorobada, que permanece meses y meses alrededor de su madre, nadando, alimentándose, rozándose, retozándose…; tomando consciencia de filiación. Y no… y no actuando y haciendo en desproporción, en independencia, ¡como si estuviéramos presos!...
Presos estamos, cuando nos poseemos. Y somos carceleros y prisioneros a la vez. ¡Simultáneamente!
Así que, cuando nos vayamos despojando de esa ficción de poder y de dominio gestada por el propio ser, y vayamos abriéndonos a la dimensión de la claridad –claridad creciente-, no temamos por el abandono…
Nunca hemos estado solos.
No temamos por la soledad. Son vestigios de egolatría.
Percibamos más bien… las sensaciones de aquellos que nos rodean; de aquellos seres de vida que nos cortejan.

Tomemos consciencia del paisaje, del olor, del sabor, del sonido, del tacto…
¿Por qué hemos sido adornados de esos sentidos?
Para poder –con ellos- envolvernos en la nebulosa de la Creación.
¡Para ser un rapto!... de humo, que se esfuma precipitadamente en su huida.

El perder el yugo de poseer, tener, entender y saber, y situarse en la magnificencia del puesto que ocupa la vida, es… –además de ser lo que es- es un espectáculo “continuo”.
El saber que cada ola que llega a la orilla es diferente.
El saber que cada sonido del riachuelo cambia continuamente.
El saber que… todo aparentemente está quieto y fijo, pero todo se mueve vertiginosamente; ¡tanto!, que no lo percibimos.

Debemos dejar de ser gotas anónimas de lluvia, que caen y no saben a dónde van, y desconocen la gota que cerca de ellas está, ¡y los millones de gotas que caen a su vez!
Debemos abandonar la idea de que somos “una gota”. Somos lluvia… y fecundamos la tierra. ¡Y damos de beber al sediento! Y a veces… lo ahogamos de sed.
Somos lluvia, y cada gota es… un aliento. Pero cada gota sabe de la otra y de la otra y de la otra. No se sienten anónimas…

Mientras –como dice el refrán: “nunca llueve a gusto de todos”-, el hombre se refugia en “sus gustos”.
Poseído queda de lo que le gusta y lo que no le gusta… como la demanda de una malcriada educación.


Y al descubrirnos –por signos tan evidentes- que no estamos solos, y que en consecuencia no hay soledad sino una infinita compañía… se nos hace posible cualquier realización.
Se disuelven las fronteras…
Empezamos a intuir lo ilimitado. Empezamos a ¡sospechar!... las sorpresas.
Continuamos con ¡ser asombro y asombrarnos!... y reírnos de nuestra torpeza.

Saludable posición, ésa: la que ya se ha desprendido de sus fantasmas, de sus sombras, y se ha hecho luminaria de viaje.


Y sí, siempre debemos guardar una pausa, para que se exprese el verbo del silencio… con sus “precisiones”, que es lo que le da un sentido de lenguaje. Porque así, cualquier fenómeno ocurre… y tenemos una explicación. Pero cuando ocurre puntualmente, entonces la explicación que teníamos –general- ya no sirve. “Ya no sirve”. Porque es un lenguaje que se expresa.
Pero hay que dejarle que se presente…; que ese Misterio Creador se muestre. Y para ello, debemos guardar la posición de contemplar, de silenciar nuestras pesquisas… y dejar que nuestros sentidos se aperciban de… lo que no se esperaba.

Reinterpretemos esa soledad y ese abandono, de manera grandiosa. Sí; porque podemos darnos cuenta de cómo, esa aparente soledad de abandono, cuida. Cuida minuciosamente todo lo que nos rodea, y lo cobija y lo engrandece. Pero para ello tenemos que dejar de mirarnos, y proyectarnos con nuestros sentidos hacia… ese viaje de vida.





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martes

Lema Orante Semanal


PIEDAD-RUEGO, 
RUEGO-PIEDAD
9 de septiembre de 2019

El ser de humanidad ha engendrado ¡tanta gravedad!, que a la gravedad a la que está sometido por las fuerzas gravitacionales, añade… la gravedad que incorpora por sus conquistas, logros, posesiones, compras, famas… y un largo etcétera.
El recorrido de ese vivir está marcado por esa “gravedad”.
Seguramente, en un determinado momento –igual que se dice, en la teoría evolucionista, que salimos de los océanos como peces y nos hicimos anfibios, y luego terrestres, y luego…-, pues a lo mejor en otro tiempo también fuimos pájaros. Sí. Aunque ahora nos puedan llamar “pájaros”: “Eres un pájaro”. “Eres una pájara”.
Pero podría ser. Podría ser… al igual que algunas civilizaciones, como la de Mohenjo Daro, en India, desaparecen sin dejar vestigios; o la de los Mayas, en México, que desaparece y no deja vestigios, deja sirvientes: personas que recuerdan, “teóricamente”, a como eran los que allí habitaban.
Lo cierto es que, si seguimos al pie de la letra la teoría evolucionista, o está próximo un cambio estructural –y en consecuencia, de entorno-…, o ya lo ha habido    –puesto que el tiempo no se tendría en cuenta-, y ahora estaríamos en otra situación en la que, dadas las condiciones de vida, éstas se mantienen en este lugar, sin poder salir de él. En condiciones normales.
Orbitamos en torno a este planeta… y nos elevamos un poco más o menos. Y a veces incluso salimos de esa gravedad, en condiciones muy excepcionales; muy mecánicas.
Interpretando “la fuerza de la gravedad” como lo estamos haciendo en el Sentido Orante, de que estamos sometidos a una Fuerza…, pero entendiéndose “el sometimiento a”, como una manera especial de situarnos por nuestras estructuras, no como una cárcel o un castigo.

Y así, el hombre, a imagen y semejanza de ese sometimiento espacial, trata de someter… –pero ya con premeditación, alevosía, diurnidad, nocturnidad- trata de someter a su entorno. Y somete a la tierra, al reino vegetal, mineral, animal y a su propia especie.
Y crea un campo gravitacional, un campo electromagnético y un campo nuclear muy fuerte.
Y cada uno, en torno a sí, va a gestar todo lo que pueda, y va a tratar –hablando en genérico, claro- de someter, de replicar el modelo astrofísico en el que estamos.
Y evidentemente, se ve cómo cada uno quiere alcanzar… –salvo excepciones- alcanzar ese estado “del bienestar” del que tanto hacen gala los países europeos.
Y luchan y luchan, y pelean para mantener ese estatus de supermercados repletos de ofertas… que puedan saciar cualquier necesidad material.
Y así, evidentemente, bajo ese prisma, se van creando aglomerados, conglomerados, en torno a las personas… gravemente.

Y replicamos “torpemente” nuestra situación de gravedad astronómica, quizá por aquello de que somos un microcosmos. Pero lo hacemos –como especie- con tanta torpeza, que esa posesión, esa adquisición, ese “rodearse de”, por atracción de ansiedad, agrava seriamente nuestra realización; agrava dramáticamente… nuestra posición.

Debemos, en consecuencia, bajo el Sentido Orante, rogar –“ro-gar”- por nuestra disposición a no ser un gravamen para nosotros, y a no agravar la situación de otros.
Ambas cosas, simultáneamente; a la vez.
Así que tenemos que preguntarnos en qué medida me agravo y en qué medida agravo a los demás… con mi actitud, mis opiniones, mis consejos, mis sugerencias, mi comportamiento…
No vale decir: “Soy así”. No. No, no. Soy un ser evolucionado, que evoluciona y que ha de darse cuenta de ello, para no caer en una rutina circular en la que siempre se encuentra con él mismo.

Y ¡rogar!… –rogar y rogar- supone asumir que, por el hecho de vivir ahora, en este tiempo, tenemos una tendencia a atraer hacia nosotros elementos que nos agravan, situaciones que nos agravan.
Y ¡a la vez!, situaciones que se crean… tienden a adherirse –como si fuéramos un imán- a nosotros, incluso haciéndonos “responsables de”.

El rogar, no se convierte en un “pedir”. El rogar… ha de hacerse con el reconocerse en la situación en la que se está. Igual que se exclama: “¡Ten piedad!”.

Sí es una situación… grave…
Pero no ha de cundir… “no ha de cundir el desespero”, sino que debemos hacer prevalecer nuestra capacidad sanadora, que tiene como fuente la oración… y las revelaciones que en ella se ofrecen, para que podamos promover nuestras verdaderas necesidades. Y no seamos atractores de gravedades, además de la que está por razones de Misterio y de Evolución. Pero que, puestos a comparar, hemos creado campos magnéticos en los que buscamos y nos buscan, para agravar más nuestra situación, bajo el eslogan de “una sociedad del bienestar”.

Piedad-Ruego, Ruego-Piedad… Como un vaivén de balanza que nos quita la gravedad.

Piedad-Ruego, Ruego-Piedad… Como dos alas que me incitan a volar.
Piedad-Ruego, Ruego-Piedad… Como nubes que me incitan a flotar… y de nada me he de preocupar.
Piedad-Ruego, Ruego-Piedad… Similar al viento que transcurre… sin nada que le haga parar.
Piedad-Ruego, Ruego-Piedad… para saber escuchar; para convivir sin reproches…; para amar sin escondites…; para sinceridades… sin ignorancias.

Piedad-Rogar. Rogar-Piedad.


  
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