sábado

Lema Orante Semanal

 

LA EVOLUCIÓN DE LA VIDA NO ES UNA CONQUISTA PERMANENTE

17 de julio de 2023

 

La trayectoria de la especie humanidad se desplaza a la continua conquista.

Esto implica desplazarse hacia la posesión, el dominio y el control..., a través de la fuerza del poder, que hoy se encuentra “polarizado” en la ciencia y su tecnología; avalado, eso sí, por la llamada “economía”, que gravita según los criterios de los poseedores, espacios, lugares... y zonas de producción.

 

Esta tendencia clara, que poco a poco invade todos los espacios, genera una servidumbre que se aleja... –en cuanto a capacidades, recursos, medios- se aleja de la conquista, del logro, del dominio, del poder.

Se aleja, porque su naturaleza, gestada por ser “conquistados”, es menesterosa en multitud de aspectos...; y, como servidumbre, se nutre de estar en permanente sometimiento.

 

La pregunta que nos muestra la Llamada Orante, en esta introducción, es si realmente es el camino inevitable... Y, en consecuencia, en cada eslabón de la conquista, cada uno tiene también su opción de conquistar.

Y así, como mucho-como mucho, puede haber una rebelión que sustituya una conquista, por otra.

 

Al hacernos esta pregunta, nos podemos remitir al trascurrir del ser a lo largo de la Historia, y lo que nos cuenta la Historia.

Una Historia que... ¿saben? Hasta hace poco se sabía que los varones eran cazadores y las mujeres eran recolectoras. Y tenía su sentido, por la fisionomía, fisiología y la estructura de la dimensión biológica del ser. Pero ahora resulta que la historia nos dice que no. Que quien mejor cazaba y quien mejor lo hacía eran las mujeres. Y que el hombre cazaba por placer, por diversión. “Estudios de expertos han demostrado, bla, bla, bla, bla...”.

Es un ejemplo.

Parece ser que la recolección no era muy rentable, y que rápidamente se hizo cazadora la especie, sobre todo las mujeres. Con muy buena organización, muy buen diseño…

Y, claro, todo esto –igual que la versión anterior- está demostrado por el estudio de fósiles, de reliquias, actos paleontológicos y un largo etcétera. Situación que, evidentemente, la mayoría de la mayoría de la mayoría de las personas no podemos comprobar.

Y quien dice ese detalle –que viene al caso por lo de la conquista-, dice otra serie detalles que no hacen muy fiable a la Historia.

Si tenemos que contar la historia de un margen breve, de 40 o 50 años, de la comunidad de un país, y no podemos incluir qué pasó, para qué se emplearon los fondos reservados; si no podemos incluir los detalles de los secretos oficiales… –todo ello producto de la conquista, claro-, ¿qué historia vamos a escribir?

Una historia exenta de maniobras, manipulaciones...; una historia “aparente”.

Y eso, por acotar simplemente un espacio de tiempo, breve: 40 o 50 años.

Así que, como podemos suponer, el margen de error se amplifica en la medida en que aumentamos los tiempos y se favorecen las especulaciones.

 

¿Es ese el devenir de la especie...?

Si nos atenemos a la simple propuesta del macrocosmos y el microcosmos, no parece ser que el macrocosmos tenga un desarrollo…

Ahora que se dice que el macrocosmos es inteligente, evolutivo... –se dice, ¿eh?, por una fracción de astrónomos-, que es un ser vivo...

“¡Ah!”.

Pues bueno, las observaciones que hacemos desde aquí, a ese ser vivo, nos indican que... –así, lo más simple- que se mueve.

“¡Ah! ¡Se mueve?...”.

Siguiendo con lo simple, nos damos cuenta de que está... bastante oscuro. ¡Bastante! –estamos hablando a simple vista, ¿eh?-. Sí. Porque cuando llega la noche y vemos esa multitud de estrellas, el espacio entre ellas, si sumamos los espacios oscuros en comparación con los espacios estrellados, los oscuros..., bueno, van de sobra.

O sea que se mueve; y lo hace, “a nuestros sensores”, oculto, oscuro.

También nos podemos dar cuenta, a propósito del macrocosmos –a simple vista, ¿eh?- de que se mueve, que es oscuro, pero que lo hace –con respecto a nosotros- de una forma rítmica. Hay un ritmo, hay un compás, hay un desarrollo.

 

Todo se mueve. Y, dentro de ese macrocosmos, el microcosmos sobrevive. Porque también, en ese moverse, vemos cómo... los luceros se separan, como atraídos por otras fuerzas.

En cambio, nuestro microcosmos, con relación al macrocosmos –de lo simple que podemos observar- se mantiene en equilibrio, en ritmo: día-noche...; primavera, verano, estío, otoño, invierno…; época de lluvias, época de sequías, época de frío...

 

Y por el tiempo que podemos calcular –160, 180 millones de años, o más; más o menos, tampoco vamos a escatimar ahora en años- no hemos percibido... –guardando ciertos relatos de la historia- que nos hayan conquistado.

Parece como si las especies habitantes se hubieran coordinado para darnos albaricoques, melones, trigo, arroz, caza, habitáculos, cavernas… y nos hubieran dotado de capacidades para tener utensilios, recursos para protegernos, cubrirnos, hacernos habitables en habitáculos...

O sea que habitamos en un Universo que, hacia nosotros, no se muestra conquistador.

Y estamos inmersos en infinitas... –por exagerar un poco, sí, de acuerdo- infinitas especies, que van desde las bacterias, los virus, hasta los rinocerontes y los hipopótamos y los elefantes, por poner así a lo grande. Y no, no, no parece que esa multitud –porque son más, ¿eh?- tenga la intención de conquistarnos.

 

Y como todos esos elementos del entorno se corresponden con la vida, y nosotros somos vida, ¿será que la evolución de la vida no es una conquista permanente de dominio, control, posesión, manipulación, generación de... importantes y menesterosos? ¿Será que, aunque estemos en ese transcurrir, no sea el más propicio, pero haya sido... –como si ya no lo fuera, pero digámoslo así- haya sido necesario?

Porque, para levantarse, hay que previamente caerse.

 

Claro que se puede hacer largo lo menesteroso y la servidumbre. Muy largo.

Pero parece ser que el factor tiempo es un factor muy “maleable” y muy “manejable”, precisamente por lo poderoso.

En consecuencia, lo que nos parece que es muy largo, a lo mejor no lo es tanto. Y viceversa: lo que parece corto... es más largo de lo que se nos muestra.

 

 

Todo parece indicar que no es... –en cuanto a la referencia del microcosmos y macrocosmos- no es el camino universal, el que lleva la especie, sino que lleva un camino de prepotencia, dominio… que transfiere a todas las estructuras sociales que compone la especie.

 

Al darnos cuenta de esa no correspondencia entre el microcosmos de nuestro pequeño universo, y el macrocosmos, nos es lícito preguntar –y así lo hace la Llamada Orante- si deberíamos “optar” por otras dimensiones, por otros senderos: solidarios..., amables..., suaves..., compartidos..., comunitarios... y un etcétera. Es decir que también existe un léxico diferente a “la conquista”, “el dominio”, “el control”, “la manipulación”...

“¡Ah!”.

Existe también la bondad, la misericordia, la concordia, el equilibrio…

 Y no se trata de poner lo uno en contra de lo otro, ¡no! Se trata de saber, al menos, que existe. Y no solamente existe, sino que es “practicable”. Con dificultad, claro. Estamos en un transcurrir de conquista, así que un transcurrir de humildad, de sumisión, de colaboración, de equilibrio, de disposición, de amabilidad, de compartir, pues no es fácil, porque se ha educado a: “¡esto es mío!”, “¡y esto es mío!”, “¡y esto es para mí!”. Ya se ha hablado de ello en otras ocasiones.

No es fácil.

Así como... como “un aleluya, sin pretender combatir la conquista –no, porque eso es incombatible, terminas aliado con el conquistador-, sin pretenderlo, entonamos un aleluya grande, y recordamos eso:

 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los humildes y los menesterosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos estarán en la concordia.

Bienaventurados

Y así sucesivamente.

¡Caray!

Eso, insisto, era simplemente un aleluya de... de salir “a lo grande” por otras opciones –“por otras opciones”-, en ese otro léxico.

Todo pareciera indicar que esos aleluyas se corresponden con la post mortandad, allá en el rancho grande de los cielos. Pues no.

No. Se correspondía, como mensaje, aquí y ahora. Evidentemente, sin éxito; con testimonios personales y particulares, sí, sí, pero a nivel de humanidad no es contable. O sea, no se tiene en cuenta.

Pero es bueno –nos dice la Llamada Orante- saltar hacia los aires y en aleluyas, puesto que parece ser que hay otras vías; que se han explicitado otras vías parciales. Es decir, que estas son las más cercanas y conocidas a nuestra cultura, pero hay otras que afirman lo mismo, con distinto lenguaje y distinta arquitectura, pero en esencia lo mismo.

 

Fueron exhalaciones de Universo, de Creación, de Misterio Creador, las que fueron dando sus bocanadas en los llamados “Textos Sagrados”, leídos entre líneas para recoger otra percepción, desde los Upanishad hacia la Torah, pasando por el Corán, por tradiciones más antiguas aún, como los drávidas, como los pre-hincas… Los vestigios de esas minúsculas actitudes nos hablan de otra dimensión. De otra dimensión ejercitable en ésta.

Eso sí, con la inteligencia, la adaptación, la socialización, la conversión: de “conversar”, de ver las diferentes visiones; de conocer y, en ese conocer, poder ejercitarse en la bondad, en la piedad, en el servicio, en la alegría, en la entrega, en la fidelidad, en la promesa.

Resulta que sí hay recursos para mostrar otra cara, aunque seamos servidumbre de servidumbres.

Porque los conquistadores, a su vez, se hacen servidumbres de sus dominios.

 

La Llamada Orante nos promueve hacia una actitud, una disposición, que justamente ahora, bajo la sintonía de la liberación y de la transfiguración, nos permite aspirar a esos sueños, fantasías…

Sueños, fantasías... que se evocan y están abocados a colaborar, a compartir, a congeniar, a con-sentir.

 

El descubrirse en la bondad, el descubrirse en el servicio, el descubrirse en el compartir, en el entregarse gozoso, nos da pie para, bajo ese estado, disolver esa idea de “bueno”, “malo”, “mejor”, “peor”... y nos adentra a la comprensión de los aconteceres, ¡sin juzgar!, ¡sin justificaciones!, sin prejuicios.

 

Resaltar las evidencias nos promueve hacia el equilibrio. Nos evita el juicio, porque lo evidente se muestra y tiene que testificar. Testificar en el sentido de mostrarse, de dar testimonio.

 

Hacerse en la fe de la bondad en la que nuestro microcosmos disfruta y está, dentro de ese macrocosmos por el que empezaba la Llamada Orante.

Hacernos fe del cuidado, de la oportunidad, la ocasión, la circunstancia en la que se nos lleva para que nos convirtamos, nos purifiquemos, nos aligeremos de nuestros botines de conquista.

Hacernos fe de la alianza en la vida…; en todo lo viviente.

 

Hacernos fe en nuestros recursos, en nuestros dones que nos inspiran.

Ser fieles a esa inspiración y a ese idealismo, sin la renta del beneficio.

Con la consciencia de ser auxilio y auxiliado a la vez.

 

 

 

 

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viernes

Lema Orante Semanal

El desafío secuestra nuestras instancias hacia lo sereno, lo complaciente, 

lo entregado

10 de julio de 2023

 

Entre las muy diversas actitudes de la encarnación de la consciencia de poder que se da en este transcurso de nuestra especie, una variable a la que nos remite la Llamada Orante es aquella en la que el ser busca el área, el lugar, la circunstancia, el acontecer... en el que pueda demostrarse, y demostrar, que gana, que triunfa, que puede.

Es una tendencia de, por una parte, egolatría, pero, por otra parte, de menosprecio hacia su posición. Porque debe demostrarse y demostrar que puede, que gana, que triunfa.

Ese éxito que a menudo escuchamos, de aquel que supera las adicciones, las ‘tropelerías’… y regresa triunfante a la cordura, a la dedicación.

 

Pareciera que la alegría de vivir de cada ser, en su naturaleza, fuera absolutamente insuficiente... y el ser se impone –“se impone”- nuevas metas. El lenguaje cotidiano lo expresa bien: “nuevas metas”, “nuevos logros”. Pero no como consecuencia del hacer, de la dedicación, de la entrega, no, sino como muestra de capacitación, de suficiencia, autosuficiencia, buscando el reconocerse.

Pareciera como si fuera precisa la dificultad, de manera permanente, para así demostrar que es posible superarla y dominarla.

Tendencias de comportamiento y de actitud... que llevan al ser hasta situaciones difíciles... que directamente o indirectamente provoca, para demostrarse su valía. 

Y ocurre en la adolescencia, en la juventud, en el adulto, en el anciano...

 

Al contemplar la materia viviente, en esa infinita posibilidad en la que se muestra, resulta que las intenciones de las diferentes vidas buscan el acople, la sintonía, la colaboración mutua, el intercambio… para, así, permanecer.

Y si bien disponen de recursos para imprevistos, no se prueban a sí mismos para ver si son “capaces de”.

En realidad, es una actitud desafiante permanente, como consecuencia de la idea de poder, la que se expresa cotidianamente.

 

 

Ese desafío que, cuando no consigue o logra lo desafiado, se sumerge en un desespero... o en una tristeza.

De la cual sale, o no. Pero si sale es para ver si se recupera y se vuelve a desafiar.

 

 

Esa actitud desafiante inhibe la evolución de los recursos vitales, que se expresan, y buscan hacerlo, en las condiciones más favorables.

Y sólo se utilizan los recursos “de reserva”, para las condiciones más desfavorables, a las que así el ser puede desafiar, y demostrar y demostrarse que... es capaz.

 

El desafío secuestra, así, nuestras instancias hacia lo sereno, lo complaciente, lo entregado; que no precisa... el logro, sino que, día a día, cada segundo, se ve realizado.

 

La Llamada Orante, en otro nivel de profundidad, nos advierte de que hay un trasfondo en ese desafío, hacia la mismísima Creación.

El sentido de poder, tener, dominar… desafía cualquier posibilidad, y parece desear “lo más difícil todavía”.

 

 

Se podría decir que existe, en ese afán de demostrar, una confrontación hacia el Misterio Creador, una relación... buscar una relación de igualdad.

 

Las instancias del poder... no se limitan. Y no lo hacen, porque nuestra herencia creadora del Universo infinito está ahí. Pero, puesta al servicio del dominio, control, desafío, nos coarta, nos limita, aunque aparentemente nos expanda; nos secuestra, nos garantiza, nos asegura.

 

Y, sí, cierto es que, cuando el ser pierde... –por lo posesivo, lo dominante- pierde la iniciativa, se “acomoda”, sedentariza su ideario, su idealismo, y acapara lo seguro y lo permanente.

Es otra forma. Es otra forma de poder.

 

Ese acomodo que habitualmente es queja, malestar, incomodidad, pero no sale de esa recua de... despropósitos.

 

Es decir que, tanto en una cara como en otra, no sabe descubrir... –porque el dominio impera- no sabe descubrir ese filón de... la entrega sin recompensa, la presencia sin protagonismo, la dedicación sin aplausos, el reconocerse enviado e intermediario de una función.

Y, dentro de lo imprescindible, necesario, único e insólito que es cada ser, el mostrarse en la posición que se corresponde es realmente la virtud.

 

La Llamada Orante nos llama a buscar esa referencia anónima que se encuentra en sintonía con el Misterio Creador, para así ser consciente de nuestra íntima referencia con lo Providencial.

Con esa Providencia que día a día nos regala la sorpresa, la novedad, en el detalle, en la casualidad.

 

 

La insistencia –en ese poder- de garantizarse la seguridad, conlleva un ejercicio permanente de combate, de muy diversa índole.

 

Y es hábitat corriente luchar contra el insomnio o la somnolencia, o contra el hambre, o contra la gula, contra el cansancio, contra la incomodidad, contra el...

Hay una “contra” permanente, de esa queja de no aceptarse. Con lo cual, se pierde el aliento y el soplo de los proyectos de nuestra Creación.

“Se pierde el aliento y los soplos de nuestra Creación”. Porque se emplean de forma inadecuada.

 

Es necesaria esa re-visión, auto-contemplación, evaluación y calidad de nuestros recursos, de nuestros medios, de nuestras funciones.

 

El sentido de la humildad, sin que sea una posición trabajosa, trabajada. No. Debe ser una posición obvia y evidente, porque así somos con respecto a la Creación, con respecto al Universo en donde habitamos.

Cualquiera desprovisto de egolatría podría decir: “Pero... ¡pero qué barbaridad! Este ser, aquel y el otro, que se rebelan, que se muestran desafiantes hacia todo lo que les rodea, ¿no se han dado cuenta... de su insignificancia?”.

Claro, ahí se da el famoso refrán de: En el país de los ciegos, el tuerto es el Rey. Si yo reduzco y reduzco mis estancias, mis visiones de mis acciones, finalmente, yo solo seré el protagonista. Todo lo demás serán servidumbres.

Señores... y esclavos.

Ahora, si amplifico mi visión, me doy cuenta de mi insignificancia y de la facilidad con que, en esa visión, me convierto en ser humilde, sumiso, dispuesto y disponible hacia lo que descubra de la Providencia, que me muestra, que me enseña…; y evito el autoengaño, la valoración de importancia, el engaño de la ganancia…

 

 

El mundo de poder nos ha llevado desde la carencia hasta la opulencia, con la creencia de que ha sido un logro de nuestras potencias.

 

Y, en realidad, ha sido un vehículo para mostrarnos nuestra esencia: esa que es la de permanecer en consciencia solidaria, en consciencia comunitaria, en consciencia de “interpendencia”.

 

Saber intencionadamente, con esa Providencia Fundamental, que nuestra dedicación es reclamada.

Y en ese reclamo, advertirse de si tal reclamo es personal, de valoración, de control, dominio, posesión, o es realmente una necesidad de nuestra intervención, de nuestra participación.

 

El autoproclamarse “sapiencial” ha llevado al ser a la arrogancia. Y con ello, al ejercicio de sus capacidades, en la demostración permanente de lograr, conseguir, alcanzar, dominar… y todo ello, transformarlo en ideas y conceptos de progreso, avances...; aunque las “secuelas”, y lo que va dejando de miserias, de mentiras, de ocultamientos, de vanidades…

No se valoran esos residuos... que no deberían estar.

Y el ser se va así conformando con... posiciones de ventaja.

 

Y, en su sapiencia, interfiere, bloquea, retiene... y un largo etcétera en el que, su capacitación hacia contemplarse en el seno de una Creación infinita, se ha convertido en un deseo de posesión ilimitada; que, a su vez, a pesar de mostrarse una y otra vez como naciente, creciente, decreciente y perdida, se insiste.

 

La Llamada Orante nos sitúa, ahora, en reconocer nuestra esencia, nuestra Providencia, que a todos envuelve, y que a la vez, simultáneamente nos coloca como únicos e irrepetibles.

 

Una conversión de lo poderoso, en lo servicial. Una conversión de lo vanidoso, en humildad. Una conversión de lo ansioso, en serenidad.

 

 

 

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jueves

Lema Orante Semanal

 

Somos imprescindibles y necesarios en la labor de bondad

3 de julio de 2023

 

La evolución de lo poderoso exige dominio y control de la mayor parte de las áreas posibles de la actividad humana.

Y así, este poder genérico crece en capacidad y recursos, en relación con los que no tienen, como referencia impositiva, como referencia clara, el logro, el beneficio, la ganancia, el poder...

De tal forma y manera se establecen, genéricamente, dos proyectos, según lo cual, uno es el poderoso y otros son los subordinados.

Sí, es una simplificación. Podemos ser minuciosos y, depende del lugar, la comunidad, etc., para que sean de una manera o de otra. Pero el sentido del poder, del “querer es poder”, se ha transmitido de una manera contundente.

 

Tan contundente, que ese modelo se repite en diferentes escalas, desde los más-más poderosos hasta los más menesterosos.

La Llamada Orante nos sitúa en ese plano, con el sentido de posicionarnos con respecto a los poderes que podamos ejercer, que podamos estar ejerciendo por nuestra vanidad, nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestros prejuicios... Una retahíla de características que no se resuelven simplemente diciendo: “Pero también hay cosas buenas y también...”.

Sí, sí. También.

 

Según esa regla, en ocho mil millones de habitantes y pico, que mil millones pasen hambre –“hambre-hambre”, ¿eh?-, no es nada. Y los demás, no es que estén “jartos”, no, pero... subsisten.

 

La bondad se cultiva y debe ejercitarse con la solvencia de su testimonio. “Debe ejercitarse con la solvencia de su testimonio”.

Y en esa medida, las carencias derivadas del poder, el dominio, el control, la manipulación, las verdades a medias, las versiones incompletas... todo ello se irá minimizando.

Será un proceso largo, porque el entorno pide y exige combate, enfrentamiento, discusión.

 

En la medida en que nos damos cuenta de nuestros posicionamientos, de nuestros reclamos, de nuestras exigencias, estaremos en condiciones de promover nuestras bondades; incrementarlas... incrementando el servir a nuestros ideales, el servir a nuestros proyectos, el servir a lo necesitado, el servir a lo “enfrentado”... en el sentido de no combatir, de no ganar ni perder: ese arte de indiferencia de estar, con la amabilidad complaciente.

 

Si nuestras referencias no son las propiedades de dominio, y son las bondades de servicio... nuestro referencial se sitúa fuera de la condición impositiva cultural y social, cotidiana; y lo hace, como ser de universo, en el Misterio Creador. Ese que llama a orar... Que no es persona, que no es algo conocido. Siempre está por conocer.

Pero sí que, cuando nos referenciamos en lo bondadoso, y lo hacemos a través de ese Misterio Creador, nos damos cuenta de su incidencia creativa continua, permanente.

Y esto nos da la suficiente humildad para no caer en la demanda de la queja, en la demanda del desacuerdo, en la demanda del enfrentamiento.

 

Una de las “estrategias” del ejercicio del poder es el protagonismo.

Al ser protagonista, ya se adquiere un nivel de distinción, un nivel de... ‘reconoci-miento’.

Y si bien es cierto que el reconocer las bondades de los otros es imprescindible, necesario, convivencial, no es menos cierto que, si se asume una posición de privilegio y de poder, la bondad disminuye, la humildad se diluye; y ese protagonismo exige pleitesía, exige y demanda aplausos... y “servidumbre”.

 

Un ejemplo muy simple, ¡simplísimo!, pero utilísimo: cuando vemos una película, preguntamos por el actor, “el protagonista”.

Antes era más... más llamativo quién era el protagonista. Luego, poco a poco, fueron dándose cuenta de que había un director.

Y ahora, ambos comparten, en cierta medida –dependiendo de qué, cuál sea el producto-, la posición de poder: o bien se impone el actor en sus propuestas, o bien se impone el director en sus creencias.

No es que siempre sea así. No, no. Pero, en genérico, ¿en qué nos fijamos...?

Y cuando ha terminado la película, la persona se levanta y se va.

Pero es que, cuando ha terminado la película, aparecen una serie de nombres, personas: coreografías, servicio, ayudante de cámara... un largo, etcétera.

Pero son ¡personas! No son protagonistas. Pero, sin esas personas, no se hubiera podido lucir el actor, ni el director hubiera podido gestar sus ideas.

Pues en la vida cotidiana es parecido.

Y sea cual sea la posición, el ser de desarrollo en la bondad debe estar alerta y atento para no caer en el protagonismo, en la exigencia de su papel, en la promoción de sus actos...

 

Porque pareciera que, sin éste, aquél, el otro o el de más allá –por ese criterio escalonado de poder-, tal o cual cosa no se realizaría.

Tenemos que hacer compatible que somos imprescindibles y necesarios, cada uno de los seres de humanidad –pero imprescindibles y necesarios en la labor de bondad-... y el darse cuenta, a través de los signos y señales del Misterio Creador, de que los aconteceres –dejémoslo ahí de momento- no dependen exclusivamente de nosotros.

Estamos inmersos en esa Creación, en ese acto de Amor permanente que nos cuida y nos promociona para que seamos testimonios de ese fluir y transcurrir transparente, que no reclama ni demanda, sino que realiza, ejercita y da testimonio de su hacer.

 

Y es así que, si realizamos admirando a otros, delegando en otros, compartiendo con otros, desarrollamos un sentido solidario... y descubrimos nuestra posición, nuestro lugar en el reparto –volviendo a la película-.

Y si sabemos admirarnos mutuamente, no habrá reclamo ni exigencias. No será preciso el mandato y la orden.

Siempre sabiendo guardar la excepcionalidad, porque ella nos permite facilitar el descubrimiento de cada uno en su desarrollo, y quita esa máxima de que “todos somos iguales”.

Todos somos distintos.

 

Y el arte de vivir en sintonía con la Creación consiste en saberse situar, a través de la referencia del Misterio, en la posición que nos corresponda, obedeciendo a nuestras posiciones idealistas, que vienen dadas por ese Misterio Creador, y que se han ido fraguando y se fraguan diariamente.

 

Este tiempo del transcurso de lo poderoso, del transcurrir del poder, nos alerta, nos debe alertar, primero, para no caer en posiciones de protagonismo poderoso, que rápidamente se hace inquisitorial y... ¡mentiroso! –que es parte del guion del poder-.

Y es así que, bajo esta transitoria pero evidente situación, nuestra alerta, además de “no caer en”, consiste en saber relacionarse con todo ese poder que nos rodea con leyes, normas, costumbres, religiones, morales... Un elenco impresionante de recursos que nos pueden subyugar en cualquier momento.

Sí. Porque en esas situaciones de poder, “siempre” –entre comillas, siempre- siempre hace falta un culpable para demostrar la ganancia y el poder. ¡Siempre!

Culpable que... o ciertamente lo será, o no lo es, pero se le hace culpable.

Ya nos enseñaron: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Y eso está más clavado de lo que parece. Y una buena composición, desarrollo y explicación nos puede hacer sentirnos culpables.

Es como una buena manipulación de una estadística: dirá lo que más nos interese.

Y es así que, en el arte de vivir, debemos desarrollar esa estrategia de saberse partícipe, de evitarse culpabilidades... y de eludir enfrentamientos.

 

¿Cuántas veces...? –es una exageración plantearlo así, pero seguro que hay un termómetro-. ¿Cuántas veces por minuto se vulneran los llamados “derechos humanos”?...

Y se hacen “torcidos”. Tan torcidos que, con un mínimo de sensibilidad, nos avergüenza.

Pero, sí, se puede vivir en la ignorancia de no deparar en el tiempo en el que nos toca transcurrir: es el mejor caldo de cultivo –esa posición- que tiene el poder para “aprovecharse”.

Sí. Y tendrás todos los derechos del mundo, pero para alcanzarlos tendrás que rellenar tal cantidad de exigencias, de burocracias, etcétera, que... que no llegarás.

Es un ejemplo que se vive diariamente.

 

El poder, recogiéndose en la ciencia, en el desarrollo de su tecnología, establece sectores que nos hacen incompetentes.

 

Y es fácil que creen abismos entre lo que se está haciendo y desarrollando, y lo que uno hace y procura sacar adelante.

 

 

Fácilmente, si no estamos atentos, podemos caer en un territorio de incompetencia, de incapacidad; y, en consecuencia, vulnerables para manipularnos, controlarnos y convertirnos en servidumbre.

 

Que el rigor de nuestras bondades, en el servicio a nuestros ideales, nos proporcione la alerta y el saber necesario para no caer en el dominio que nos impida nuestra referencia con lo Creador.

 

Que la excepcionalidad... sepamos aplicarla en cada instante.

 

Y así seamos capaces de dar el brillo, el relucir, por la luz que nos asiste y nos consuela permanentemente.

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