sábado

Lema Orante Semanal

 

SIN PRINCIPIO NI FIN, NOS ETERNIZAMOS EN CONTINUAS TRANSFORMACIONES

23 de enero de 2023

 

Y el vivir se hace arte cuando, a través del orar, nuestra consciencia sintoniza con nuestro origen de Infinito…; con nuestro Misterio Creador. Que al decir “nuestro” no indica ninguna pertenencia, sino simple referencia.

Y así nos hacemos arte de vivir, al meditar lo orante y al contemplar lo que transcurre.

Así hacemos arte en las diferentes acciones, y nuestra consciencia se hace transcendente, asume el Misterio… y elabora la lectura que ello supone. Y nos libera del protagonismo del “mí-mismo” reclamante, que nunca está satisfecho; que siempre está demandante… porque se ha hecho referencia a sí mismo.

 

Si nuestra referencia es la Eternidad y no la consciencia finita del principio y final, nuestro vivir se convierte en un testimonio de ese Amor que nos mantiene, nos entretiene, nos guía, nos orienta.

 

La Llamada Orante incide en nuestra posición, en nuestra dis-posición con respecto a las demandas que nos rodean.

Y ahí no caben las peticiones y las decisiones de gustos, de imposiciones o de ofertas.

Estas ocurren y se dan cuando el ser se referencia en sí mismo e impone sus haceres, sus actitudes, con independencia de si son necesarias, demandantes, reales o no.

 

 

Las consecuencias de la consciencia de la infinitud de lo Eterno, plasmado en el vivir, nos abren hacia actitudes, acciones y realizaciones que no emanan de nuestra preparación, de nuestra cultura, de nuestras costumbres. Emanan de la inspiración de… esa chispa de casualidad, ese momento de incertidumbre, ese instante imprevisto, ese flash que nos deslumbra… que no tiene explicación; que carece de razón. Y es ahí donde el Amor abunda.

 

Pero se hace el ser ¡tan personal! –personal-… que se invagina en su pensar, se envuelve sobre sí… y sólo mira su ególatra satisfacción, que transcurre, que corre, que se agota.

Y habitualmente el ser se aísla en su reflexión y en su referencia, y queda remitido a la vulgar acción de cotidiana obediencia a lo establecido, a lo previsto, a lo ordenado, a lo esclavista… Y esclaviza. Obedece a sus tendencias, y no a la disposición de sus vivencias y creencias.

 

Cuando el orar se hace vehículo de nuestra constancia de Universo, y nuestro vivir se hace un arte en la realización, en esa vibrante consciencia no cabe el miedo y la preocupación.

Estamos en permanente expansión, ejercitándonos en la excepcionalidad, en la originalidad…; en lo que realmente somos: enviados servidores de la vida… embarcados en un Misterio que nos da el aliento vital, que nos coordina y nos orienta en el vuelo de las mariposas, en el amanecer, en el atardecer, en la suerte. En ese enamorado momento en el que el sentir está pleno… pero que precisa mantenerse en esa consciencia de plenitud.

Y es ahí cuando el ser abandona sus tendencias, pertenencias, inclinaciones, reclamos… y se hace liberado, y en esa disposición hacia lo verdaderamente necesitado.

Porque es fácil convertirse en limosna o en alivio de aquello o de aquél. Y es gratificante para el ego. Pero precisa del protagonismo. No asume el anonimato.

 

Se ha ido ordenando, el vivir, con reclamos, ganancias, pérdidas, promociones: proyectos que buscan el reclamo del aplauso… sin deparar en el despertar de cada día; sin deparar en los dones de nuestra naturaleza; sin deparar en las oportunidades, ocasiones, circunstancias, momentos… en los que la Providencia nos aquilata, nos abrillanta, para que seamos decididos liberados. Y no escapistas de turno… de los que buscan las rentas, los beneficios, las ganancias, y siempre la huida “por seguridad”. En realidad, es por egoísmo y por hedonismo personal.

Y no es difícil darse cuenta de todo ello, pero tiene tal nivel de posesión, que el ser olvida que está inmerso en un Universo Creador… y que su posesión no modificará ni un ápice ese Universo que… se hace incógnita, pero a la vez se hace cosecha permanente.

 

El Misterio Creador nos permite, a través de la oración, del meditar sobre ella, del contemplar el transcurrir…, nos permite la consciencia de vida, sin llegar a definirla. Porque si pudiéramos –¡ay, con el poder!- definir la vida, se haría finita. Y eso es lo que suele ocurrir en la consciencia ordinaria: que el acontecer se hace finito: “¡Ah! Esto empieza y esto termina”.

Y eso hace que el ser se distorsione, se deteriore, se haga roce de herida.

Va convirtiendo el vivir en un consumo: “¡Ah! Esto empieza y termina…”. Sí; porque ya no responde a mi egolatría personal, social, cultural, ambiental, argumental…

Y así el ser, en su vulgaridad ególatra, empieza y termina, empieza y termina, empieza y termina…

Y, claro, acumula ¡tantas! terminaciones, que se hace un fiel creyente de que todo tiene un principio y un fin.

Él mismo, en consciencia, va elaborando ese proyecto, hasta culminarlo en la observación material, en la que se muestra una foto de la infancia y una foto de la vejez… y así demuestra claramente –¿claramente?- que todo tiene un principio y un fin.

Y resulta que no sabemos nada del principio, y el fin se diluye en particiones, en componentes. Con lo cual, realmente, la teoría práctica de la vulgaridad cotidiana se puede quedar satisfecha, sí, pero sin recursos ‘con-vin-cen-tes’.

Si resulta que –nos dice la Llamada Orante- no tenemos principio ni fin, porque somos una ideación del Misterio Creador…

Que, por mucho que queramos especular en nuestra mente, no vamos a entrar en él. En cambio, si lo asumimos, sentimos la complacencia permanente de su asistencia Providencial.

 

Y así como nos atrevemos a decir, científicamente, cuándo comenzó el universo, cuándo terminará, cómo será… Es una forma de no atreverse a ser amante jamás, sino a ser “una morcilla constitucional”: esa que va queriendo, va cogiendo, va soltando…; esa que termina concibiendo que todo es un desperdicio. Y en su esclavitud, termina por demostrar que es así, cuando no se abre la consciencia a otra realidad.

 

¡Y no hay que teorizar ni especular mucho! Es tan solo en base a nuestra mínima             –¡mínima!- consciencia de saber dónde más o menos estamos –que no lo sabemos-. Pero ahí, suspendidos, como dicen los tratados antiguos: “Habitamos suspendidos en la Creación”.

Es suficiente con ver las estrellas o… con sentir el Ama-necer. No hace falta más. Lo demás, bajo la visión vulgar, lo acotamos, lo limitamos.

Y por motivos operativos de posesión, de querencias, ponemos un principio y un fin. Y a vivir con ello, arrastrándolo una vez y otra, y las veces “que haga falta” –entre comillas-.

Si nos situamos en la perspectiva del “sin principio” y –en consecuencia- “sin fin”, no hay arrastre de terminaciones. Hay contemplaciones y meditaciones de transformaciones.

 

Si hasta los sabios más ilustres nos dicen que la materia ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma. Y lo aceptamos como teoría, sin saber lo que hemos dicho; porque, si se aceptara en consciencia, pues entraríamos en esa perspectiva orante: “sin principio ni fin, nos eternizamos en continuas transformaciones”.

Y cada amanecer somos nuevos seres. Nos han corregido, en el sueño, determinadas situaciones, para que… cuando la luz se muestre, nuestros ojos se abran.

Y ¡sí!, tenemos esos compromisos, deberes, funciones, sí. Pero… no somos los mismos.

 

 

Hacer de nuestro estar un arte, por la plegaria de orar… sin búsqueda de renta, sino con ansia de identidad, nos proyecta a una realización estética, cuidadosa, de calidad.

Con esa calidez con la que la luz nos arropa.

De esa calidad con que la ternura del vivir nos acaricia.

 

Situarnos en un transcurrir de poesías, sí, en donde la mirada es un encanto; el suspiro, un anhelo; el andar, un sosiego; el imaginar, una fantasía. No hay nada que friccione. ¡Todo fluye en sintonía!...

 

No negarse al verso, al verse “artista de cada día”. A ese verso que escribimos con el amor reflejo que somos… de la imaginería del Misterio Creador.

 

Testigos somos de las escuchas, de las lecturas del acontecer que, a su vez, nos reclama el testimonio de un Arte de Hacer.

 

 

 

 

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jueves

Lema Orante Semanal

 

ASUMIR LA VIDA COMO UNA NECESIDAD DE SERVICIO

16 de enero de 2023

 

Como humanidad, y con los criterios dominantes, la especie está atravesando un momento delicado.

 

Esos momentos suponen confusión, tensión, violencia.

Confusión, tensión y violencia que hacen que las ideas se pongan en duda –cualquiera; de cualquier tipo-; tensión en las relaciones sociales y violencia en cuanto al hábitat cotidiano.

 

La Llamada Orante nos reclama nuestra ascendencia-descendencia de lo Eterno, en donde no hay confusión, en donde la tensión es expansión y donde la violencia es bondad.

 

La confusión procede del personalismo, el radicalismo que la evolución de la especie ha ido desarrollando para instaurar cada uno su poder.

 

Es preciso, ante la confusión, retomar la convicción de los ideales…, hacerse servidor de la Fe… y apartar el juicio continuo y permanente de todo lo que nos rodea.

Así alcanzaremos a ser luz que ilumina nuestro sendero, y aclara y ayuda al sendero de otros.

El juicio, el prejuicio y la condena son motivos de permanente confusión.

El vivir en tensión más o menos continua o permanente, con la idea de querer abordar, acaparar y solucionar todo, es una forma egoísta y hedonista de proceder.

Nuestro Universo, nuestra constitución, es ritmo, es sintonía, es coherencia.

 

La tensión se produce cuando el ser ocupa los espacios de otros, cuando ocupa la respuesta de otros.

Esa tensión se manifiesta, en lo cotidiano, en ese estrés que “consume” al ser. Se aparta del ritmo, se aparta de la sintonía, se aparta del respeto al entorno.

 

La Llamada Orante nos reclama la necesidad del sosiego, la necesidad de la calma, la necesidad del ritmo.

Nos recuerda nuestra pequeñez. Nos advierte de que la tensión culmina con las rupturas. Y así, debemos optar por desarrollar actitudes de sintonía, de adaptación, de simpatía…

Saber ver la bondad ajena.

Ejercitarse en la admiración de las acciones de los otros.

Asumir con humildad nuestros haceres.

Hacer del servicio una actitud que permita la confianza mutua.

 

El Misterio Creador nos desborda con sus bondades. Nos da los recursos de nuestras consciencias, para que seamos fieles en el ejercicio del amar.

Y en ese ejercicio de amar, al sentirnos amados por la Creación, somos capaces de “reflejar”: como hace la luna, con la luz del sol que recibe, así nosotros reflejamos el amor que, con la naturaleza de la vida, nos proporciona diariamente.

 

El desarrollo de la especie, apartándose progresivamente del Misterio Creador, ha demostrado la eficacia del logro a través de la violencia. Y así, en lo cotidiano, todo lo que “se quiere” se hace poder. Y ese poder se convierte en una manifestación de violencia: violencia en la consciencia, violencia en las palabras, violencia en la forma de actuar, violencia desentendiéndose de las exigencias, de las acciones. Esa violencia pasiva que mira hacia otro lugar, cuando le toca afrontar las dificultades.

 

Todo poder lleva consigo el ejercicio de la violencia.

Desprenderse del poder y la violencia consiguiente, en cada una de las partes que nos corresponden, es una tarea urgente.

 

La vida se instaura y brota sin poder, sin violencia.

La luz del amanecer no llega bruscamente, violentamente; lo hace con suavidad, lo hace con elegancia, lo hace con el respeto a lo viviente. Y es así que la vida se modula como la ola del mar. Se adapta, aporta y se muestra con su mejor virtud. 

 

Cuando nos guiamos por las evidencias de nuestras capacidades, no hay conflicto.

Cuando actuamos bajo el deber enamorado del servicio, no hay necesidad de poder.

Cuando es precisa la sinceridad y la claridad del rigor, no es necesaria la violencia.

El respeto mutuo en las diferencias tendencias debe ser un continuo convivir. “Con-vivir”.

El ejercicio de nuestro estar debe ser el agrado. El hecho de sentirnos vivos supone una permanente gratificación: unas gracias por nuestros sentidos, unas gracias por nuestros latidos, unas gracias por nuestras imaginaciones. Todo ello nos lo han dado sin confusión, sin tensión, sin violencia.

No somos lo que somos para ejercitar el poder violento de la conquista.

Han adiestrado, han enseñado a nuestra consciencia, que el logro, la consecución, solo se obtienen a través del poder y el ejercicio de la violencia; del ejercicio de esa “guerra” de ideas, proyectos, puntos de vista… y un largo etcétera que parece “normal”.

Esa “normalidad” de la que se habla, es el ejercicio solapado de un poder violento en el que cada ser busca tener su parcela.

 

El Misterio Creador nos colma con el derroche de la belleza. Sí: la belleza, ese detalle que debe ser ejercitado continuamente en nuestra labor, es el fluido que suaviza; es el aceite de vida.

 

Cierto es que, para cada ser, la belleza representa y se muestra de formas diferentes. Pero cuando se ejerce con intención, con convicción, sea cual sea el tipo de belleza, ésta no hiere, no daña, no impone.

Todo lo creado supone una expresión de belleza.

Y es así, en consecuencia, que el ser de humanidad ha de expresarse con esa “naturaleza”.

Así, el agobio del poder y la violencia, no encontrarán espacio para cortar, herir, dañar…

 

Es necesario convertir esa tensión, esa violencia, esa confusión… convertirla en un testimonio que, adornado por la belleza, sea una respetuosa forma de amor.

 

Hacer, de nuestro estar y de nuestro hacer, un bálsamo permanente. Que el cuido, el cuidar, el cuidarse, sea una actitud… imprescindible.

 

Que asumamos el reconocer y el reconocernos, como una admiración mutua. Resaltar las virtudes, no los teóricos defectos.

 

Cada ser, desde su pequeñez, debe asumir con humildad el acontecer de la vida.

 

Al asumir la vida como una responsabilidad en ejercicio, nos debemos al servicio.

 

Y asumir la vida como una necesidad de servicio, implica la sutil elegancia de la belleza y el gozo de compartirla.

 

 

 

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miércoles

Lema Orante Semanal

 

SIEMPRE. ETERNO. INFINITO.

9 de enero de 2023

 

 

Y el vivir, el vivir se hace en recuerdos de cada día.

Y cada instante transcurrido se queda impreso en el ánima del ser… como si fuera una vianda para algún momento de penuria o necesidad. Y, a la vez, vamos regando recuerdos que el entorno tiene de nosotros.

Y así, los recuerdos y el recuerdo se convierten en alimento, cuando no en tormento. De ahí la necesidad de dirimir qué recuerdos son alimento, y cuáles son pesadas cargas de tormento.

La Llamada Orante nos lleva a los recuerdos de Infinito; sí, esos que dejan de ser recuerdos; que siempre se hacen presentes –por ponerles una localización-.

En los recuerdos de lo Eterno no hay tiempo. Entonces no hay recuerdos, porque no hay pasado, ni presente, ni futuro. Hay “eternidades”.

Y esta palabra, que nos desborda en cuanto a su significado, es una palabra de liberadas disposiciones…, puesto que, al no precisar del tiempo, todo ha pasado y todo pasa a la vez. Sí, es como decir que todo lo que está ocurriendo ya pasó, pero a la vez está ocurriendo.

No es preciso ahondar en la razón y en el saber; es… instinto de eternidad, lo que nos debe proveer. Y en ese instinto de eternidad, los recuerdos se hacen eternos. Todo lo que transcurre es eterno. Es la manifestación de lo infinito.

 

Si hacemos del vivir una eterna presencia, dejaremos de acumular, de olvidar, de retener… Cohabitaremos con lo imprescindible, lo necesario y lo preciso para la demanda de auxilio.

Es difícil de entender, cuando la norma reclama “seguro”, cuando la norma demanda exigencias.

 

Es evidente que la concepción de… el estar, del vivir, que ha ido gestando la sapiencia humana, se ha hecho limitante, limitada. Se ha hecho aparente. No ha consensuado con la Eternidad, con lo Infinito. Se ha relamido en su sapiencia, en su tenencia, en su capacidad. Y todo ello para luego claudicar.

Y, a base de repetir, se ha creado la consciencia de “empezar” y “terminar”. Y ahí no hay eternidad. Ahí no está la infinitud.

La Llamada Orante nos incita a posicionarnos en el vivir, sin “empezar” ni “terminar”. Cambiar las coordenadas por “infinitud” y “eternidad”.

Así nos liberamos del corsé de que todo es caduco, de que todo es deterioro, de que… como se suele decir: “Al final…”.

 

Experimentar, en el estar-haciendo-sintiendo y pensando, que habito en la infinitud, que me ha traído para cumplir, para ejercitarme, para realizarme en lo Eterno, que sería la Vida: “La Vida Eterna”.

Parecen dos cosas: Infinitud y Eternidad. En realidad es la misma, pero para desligarnos de la esclavitud de los recuerdos –y dejarlos en pasado-, y del principio y el fin…, debemos hacer un paso previo de Infinito y Eterno, antes de acceder a la inimaginable contemplación.

Así que transcurro en un Infinito y me concreto en una Eternidad.

 Transcurro en un Infinito y me concreto en una Eternidad.

Y todo acontecer desligado del tiempo, me nutre. Y con ello evoluciono, creativizo mi presencia… y me dispongo a mi servicio: al que me corresponde, que es siempre más y más del que puedo pensar.

 

Y el Infinito me inspira. En realidad, respira por mí. En realidad… nunca he existido. He sido una refleja luminaria del Misterio Creador. Pero, puestos a estar, la Eternidad nos acompaña. Y puestos a asumir nuestra “cobertura” material, hacemos del recuerdo una actualidad… y nos hacemos recuerdos de otros, para otros… desprendiéndonos de lo superfluo, lo condicionante, lo acondicionado.

 

Sí. Los silencios se hacen eternos. Y los instantes, infinitos.

 

Cuando la Oración nos transporta a estas vibraciones, es fácil entrar en contradicciones o en intentos de comprensión, de entendimiento y de razón; o bien, situarse en una burbuja, como un paréntesis, sabiendo que, lo que nos dicen, “en realidad no es así”.

Se ha de estar alerta. Y puesto que nos llaman a orar, debemos asumir esa posibilidad, ¡al menos! Y no se trata de estar o no de acuerdo. La oración no se negocia; ¡se vive!

Y la Llamada y el Sentido Orante que nos adornan… son experiencias de Universo; posicionamientos de día a día; alimento de evolución; capacitaciones permanentes.

 

Al asumir la expresión de lo Eterno a través del silencio, podemos escuchar los cantos de las piedras… los chistes de las plantas… las baladas del agua… el susurro de las estrellas…

 

Con el comienzo infinito y la presencia eterna, nuestra vocación de realizar, desde lo material hasta lo inmaterial, se hace con la pulcritud y la calidad de un “siempre”.

 

Un “siempre” que es el sí de aceptarnos, de aceptar el transcurrir, el acontecer… sin el ánimo banal de la contienda, la posesión, el gusto o el disgusto; más bien, con una participación, ¡siempre!, que se destila de lo Eterno que comenzó en el Infinito.

 

Y así podemos decir que somos trovadores de infinitas leyendas, que transitan eternamente… y se hacen presentes según necesidades.

 

En el “siempre”-“eterno”-“infinito”, recogemos tres palabras que nos evaden de la costumbre, de la repetición; que evocan siempre la innovación: esa textura de calidad, que nos sorprende, que nos impresiona, que nos produce admiración.

 

 

 

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domingo

Lema Orante Semanal

 

NOS LLAMAN A ORAR CUANDO TODO SE HACE DENSO

2 de enero de 2023

 

La generalidad anímica que la cultura preponderante nos muestra, es fastidiosamente incómoda. Con grados de desespero, con apatías, abulias y… tristezas depresivas que surgen por el anclaje de ideas preconcebidas que no supieron evolucionar, que no quisieron cambiar.

Y así el manto global es… “sin remedio”.

 

La Llamada Orante –desde el Misterio Creador- nos muestra lo rencorosamente ególatra que resulta esa visión; que sí, sí, pondrá miles de ejemplos de catástrofes, dramas, terrores, horrores, sí. Y sin tratar de poner una balanza en la cual sobresalgan las virtudes, los proyectos, las fantasías, las ilusiones, las alegrías, las confianzas, los pactos, las promesas… pareciera que nada de eso existe: “pesa poco”.

Sí. La consciencia de humanidad se ha hecho ¡peso!, se ha hecho cantidad, se ha hecho relato de casos. Y abrir cualquier información supone una entrega… una entrega de desastres, de amenazas, de deterioros, de engaños, de tragedias.

Pareciera que el peso de la materia se agolpa, se constriñe. Y la consciencia de vida se secuestra. Pareciera que no hubiera el azul de la vigilia. Pareciera que no existieran las estrellas de la noche. Pareciera que la sonrisa se había acabado ¡o prohibido!

Y la muestra es de desespero personal, de incapacidad para lograr esos logros que cada uno se fabrica por la cultura y… las ansias.

Se hace gris el panorama. La densidad de lo que pesa.

Y ya se dice en el argot popular: “Es que esto pesa mucho”. “Es que esta experiencia me resulta muy pesada”. “Es que vivir así es muy pesado”. “Es que pesa mucho la historia”… y un largo ¡pesar! –de “peso”- se hace [1]pesar.

 

Y desde el Misterio Creador, la Llamada Orante nos advierte de esa corriente que arrastra, que aploma el vuelo, la fantasía, la posibilidad, el diálogo, la concordia, la convivencia, el [2]“entusiasmós”.

 

Y los compromisos empiezan a pesar. Y las promesas pesan. Y la solución para el peso es la huida, la olvidada promesa, la vulgar y cotidiana empresa de transmitir el desahogo del desespero. De transmitir el desahogo del desespero.

 

Y bajo el Sentido Orante, cabría preguntarse: ¿Dónde está el juego infantil? ¿Dónde está la travesura ante la ley? ¿En dónde se encuentra la picardía de… el nuevo plan? ¿Qué fue de las fragancias de los proyectos: “papel de fumar”? ¿Dónde, dónde está ese dinamismo juvenil de fuerza, de agilidad? ¿Adónde fue a parar el castillo del adulto, que hizo con esmero y con cuidado? ¿Dónde está la longevidad del relato, de la experiencia, del saber?

Parece –parece- que todo eso se ha “terminado”. En la cultura del terror, todo eso se ha terminado. Sólo queda el sobrevivir de la manera más… satisfactoria.

Pero las esperadas esperanzas se hacen nostalgias atrevidas… imposibles de creer.

La Llamada Orante nos advierte, nos avisa de esas texturas de pesimismo atroz. Y nos recuerda que somos como cometas… que “en vivo” estamos al volar; que el viento nos da el aliento, y el Misterio Creador nos sujeta con la guía.

 

El pesimismo se hace cada vez más pesado y engrosa lo que llaman “realidad”.

Parece que nadie se acuerda de que hay un aliento, un ánima, que es el que da, a lo pesado, a lo material…, la consciencia de que existe, la consciencia de que está.

Pero eso parece olvidado, y se tiene –aunque no concretada- la idea de que lo pesado, lo denso, lo real, es la consciencia en verdad. Que cualquier otra textura que no sea medible, pesable, visible, tocable, arreglable, manipulable… no existe. Así: una consciencia de serrucho, de garlopa, de estridencias, que arrastra.

 

Y en esos momentos de aplomo, cuando no hay que seguir arando en el pesimismo, aparece un chiste, una broma o algo que nos saque de esa pésima versión de la vida. Entonces podemos darnos cuenta de que el aliento está. Que no es la pesada carga del cuerpo –de lo que llaman “cuerpo”-, de huesos, músculos, tendones… Que el ánima está, y el ánimo es el que le da configuración al peso. Pero no para que pese en la pesadumbre, sino más bien en la mansedumbre que lleve al ser a contemplarse en lo posibilitante: en la pequeña hoja que sale entre los ladrillos que descuidaron su unión; y ahí aflora como… “furtivo”.

 

Nos llaman a orar cuando todo se hace denso; y cuando debemos alumbrar, con ilusión y fantasías, lo que realmente somos: una imaginación de lo Eterno. Imágenes que se rellenaron de tierra… para conformarse con montañas, con piedras… para no desdecir a esa materia que, en verdad, nunca lo es, sino que es el aliento comprimido, configurado y conformado, como una etapa del ser. “Como una etapa del ser”.

Si somos aliento del Misterio Creador, si somos imaginación semejante a lo Inabordable, no somos una pesada carga.

No somos una cargante experiencia que debe seguir ¡aguantando!… aguantando lo que la atrapa: las leyes que establece el ser, de la vida, desde la gravedad que nos sujeta hasta el “destino final”… –una farsa-.

Y así, con esa pésima consciencia, el ser va rompiendo y rompiendo y rompiendo y rompiendo… las frecuencias de comunión, de adhesión, de sintonía…

E inevitablemente busca otras, o se secuestra en sí mismo, como buscando razones para “la buena ejecución de la ruptura” –“como buscando razones para la buena ejecución de la ruptura”-.

¡Y rabia da! –orantemente, anímicamente- que, con la espléndida, la inagotable perspectiva de ¡la vida!…

¡No solo la humana!... “La vida”. ¡Porque la humana no es un secuestro de las otras formas de vida! ¡Es una integración de todas ellas! Un hito, una pequeña culminación en el Universo Creador.

No es la pesada carga de estar y de seguir. Es el aliento del suspiro, la motivación de la complacencia, la satisfacción de lo cumplido, el placer de lo servido…; el volador viento de las ideas, que revolotean como nubes y aguardan el momento oportuno para llegar a ejercitarse, encarnarse y realizarse. Y con ello, el asombro, la admiración y la congratulada culminación.

 

No está el aire para ahogarnos; ni el agua, para ahogarnos.

Están para alimentarnos... Para ser la fantasía de aguas que recorren el ciclo… sin fatiga, sin pesadez, mientras el viento las lleva.

Un Feng Shui inagotable que, en cada gota de rocío, en cada copo de nieve, en cada mar embravecido, en cada río desbordado, en cada pozo sediento, en cada aire violento, suave o tenue… recoge la nube y el nublo, y se alegra con el relámpago y canta con el trueno.

Todo esto no pesa… pero está.

Y es lo que hace posible que el ser no sea ¡pesado!; que el vivir sea el ligero aroma del perfume; que el vivir sea el tenue parpadear de una inmensa e infinita estrella; que el vivir sea el entusiasmo de un amanecer continuo… que nos transporta; que el vivir sea el resplandor inagotable de la chispa: esa que alumbra a la vela.

Nada de eso pesa.

Y en ello hace hincapié la Llamada Orante, ante esa pesadumbre, ante ese pesimismo, ante ese peso.

Ante ese peso que supone la Historia, ¡que no recuerda! No recuerda –es curioso-. No recuerda las tardes de otoño. No recuerda, la Historia, los paseos plácidos o los juegos de playa. ¡No! La Historia nos recuerda la batalla, la guerra, la conspiración, la caída, la llegada, el triunfo, la ¡pesadumbre!, la herrumbre. Y así el ser se va cargando de Historia, y se va haciendo denso… Insoportable.

Y no es, la memoria, el reducto de la tragedia. No es, el recuerdo, la daga hiriente de cada instante. Es, la memoria, el aliento que nos ha conducido hasta lo lejano; que nos ha llevado… con independencia de nuestros legados.

Y si, en el transcurrir, el ser se retrae de sus hazañas, y sólo contempla las ruinas… es imperiosa la necesidad del aliento fresco que está, pero que pesado se reconoce porque no sabe visionar, porque se ha trucado la visión para mirar y tomar… poseer y gobernar… cuando resulta que somos visionarios del soplo del A-mar. De ese ciclo de agua interminable, de vientos insondables…

 

Es precisa la conversión. Es precisa la intención y el decidido testimonio de la decisión… sin el temor de trasgredir lo ordinario, sin el miedo a contravenir lo establecido, sin la alerta de la llegada del castigo.

No somos carne espesa y pesada de cañón retorcido.

No somos pesimismos lanzados al Universo para que se pudran en los cementerios.

El pesado destino ha imbuido la consciencia liberadora, la ha escondido, y el ser se ha hecho reo del destino inexorable de su derrota, de sus detritus.

 

Pronto, pronto se hace llegada de la luz amanecida, de esa que no se agota día tras día. Siempre distinta, entusiasta.

¿Por qué no darse cuenta de ello? ¿Por qué no apercibirse de la curiosidad del ojo… que mira, que ve, que imagina, que interpreta? ¿Por qué no fantasear con lo que se escucha, con el eco del silencio, con quién sabe qué sonará y qué será eso? ¿Por qué no transportarse con el perfume del aliento? Con ese que respiramos y que nos avisa del frío, del calor, de la humedad… o del refinado afán de la flor que nos regala, con su perfume, un verso.

¿Por qué no saborear la saliva ansiosa que busca el consuelo del agua, del dulce, del salado, del amargo, del ácido?

¿Por qué no... por qué no darse cuenta de la infinita interpretación de las texturas, cuando rozamos, cuando tocamos? ¿¡Por qué no maravillarse de los sentidos!, que constituyen el sentido, que conforman la fantasía del ser?

¿¡Qué pesadumbre nos lo impide!? ¿¡Qué memoria fatalista nos prohíbe!?

Como imaginación… que se hace cada sentido, cargados de agua y de aliento, movemos y enjugamos y enjuagamos nuestros sentidos. Y visionamos, con todos ellos, la perspectiva de “humor”: del humo y del aliento invisible que da el ánimo, que gesta el entusiasmo, que proyecta la idea, que sabe perseverar en la innovación cotidiana.

 

Estas sugerencias orantes son las que nos alertan y nos alientan, a la vez, para que nuestra consciencia deje de ser lo que no es; deje de ser la pesadumbre apesadumbrada, pesada y densa.

 

El viento suave acaricia la luz del amanecer. Nos hace visibles… Nos hace evidentes testimonios de entusiasmos.

 

 

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[1] Sentimiento o dolor interior que fatiga el ánimo.

[2] En griego: “arrobamiento o éxtasis inspirado por la divinidad”.