domingo

Lema Orante Semanal

 

RESPUESTAS SIN RAZÓN

5 de octubre de 2020

 

¿Quién mueve la marea en su bamboleo…?

¿Quién anima a… el viento…?

O ¿quién es el que derrama la gota de rocío…?

¿De dónde vienen las claridades… y las oscuridades, que parecen ser del mismo signo?

¿Quién trae las casualidades?

Ante todo ordenado… ¿por qué sucede lo imprevisto?

¿Cómo esperar… lo sorprendente?

¿A dónde van…?, ¿existe el santuario de las plumas de los pájaros? ¿Se puede, con ellas, rehacer un nuevo vuelo?

 

¿Quién decora el color de las flores? ¿Cómo se gesta la elegancia de un estambre? ¿O cómo se construye el salto de una rana?

¿Quién diseña la textura de… una tela de araña?

¿Dónde reside el Misterio que… habla con silencios?

¿Qué hace, qué hace deambulando el humano, restringido en un lugar perdido?

¿Quién le induce a sus ocurrencias?

¿Quién… quién manda las sequías… o los torrentes cenagosos?

¿Se asusta la humanidad, desde su exilio en este lugar del Universo?

Más bien parece que se recluye en sus erróneos conceptos de saberes.

Más bien cree que construyó la tierra que pisa. Más bien cree que horadó los volcanes y que gestó las montañas.

 

Consciencia dan desde el Misterio, a los seres de humanidad, para que incentiven su imaginación, acrecienten su capacitación, sean fieles devotos de sus naturalezas, cada uno…, y que cada cual se promueva en sus capacidades, que son las dotes que ha ofrecido la vida.

 

¿Quién… quién conoce el espacio? ¿Es acaso un lugar medido? Sí; lo podemos domesticar aquí, y hablar de metros, kilómetros… ¿Y si nos situamos allí?

Y si el espacio se crea y se crea sin límites, y nos da la infinitud… ¿acaso haría falta el tiempo? ¿Alguien ha aislado el tiempo…?

Y así, en el mundo de los límites –que se los marca la humanidad porque está en un orbe limitador, aparentemente-, la luz es lo más veloz, a pesar de que la luz constituye un pequeño porcentaje de Universo.

¿Se creó la luz para que corriera?, ¿para que se precipitara… y fuera dejando una estela de oscuridades…?

 

Las preguntas orantes son respuestas clarificantes.

Sí, porque nos llevan a otro dimensionado espacio-tiempo-velocidad, sin que nada de eso exista.

Así que… –así que-… ¿hay algo que exista?

Y no son dudas… como pompas de jabón. Son preguntas con respuestas sin razón, para entrar en otra dimensión.

 

¿Cuál es el mejor sonido? ¿El gruñido lamentoso y quebrado del maullar de un gato o… el canto del delfín, que se inmiscuye con las aguas? ¿Son las aguas las que cantan, o el delfín?

¿¡Tanta!, ¡tanta distancia hay entre la Creación y nosotros!, que nada podemos entender ni responder? ¿A dónde nos quiere llevar?

Cuando el ser se dispone a orar sin texto, sin boceto, sin preámbulos, sin un plan…

¿Un plan…? ¿Acaso hay un plan divino…? ¿Acaso necesita el Misterio Creador un plan…?

Pero el hombre coquetea con su mística razonable. Y habla de los “planes divinos” como si estuvieran, primero, existentes, o como si estuvieran al alcance de una consciencia exaltada.

 

Más allá de las palabras y de los divinos procederes, ¡más allá!… envuelven los Misterios a eso que se dice “Todo”, sin saber qué es Todo.

El Divino, intermediario del Gran Misterio, nos reclama incesantemente… para que la humanidad no se ahogue en sus petulancias, en sus exigencias, en sus mandatos, en sus obligaciones, en sus deberes, en sus promesas, en sus cuadrados espacios… con esquinas y dientes.

 

¡Ansiosos!… ansiosos se muestran los que se sienten ansiados por lo Divino. Tan pronto desprendidos de todo lo humano, como abandonados a sus especulaciones… de construcciones –¡que ni siquiera son imaginarias!- a propósito de la Creación. Llegan a esgrimir un gran disparo… o llegan a grabar las palabras de lo Creador. Y ahí se debaten entre partículas y sub-partículas… y ancianos legados escritos…

¡Ay!... ¿No había suficiente con el sonido, que hubo que escribirlo para ¡atraparlo!?

Es semejante a secuestrar el aire por donde ha de volar un pájaro.

 

Y mientras la humanidad se ensalza con sus logros, sus dominios, sus poderes, sus importancias personales…, el agua, imprescindible para este estilo de vida, transcurre indolente. No se aplaude en su recorrido, ni festeja sus lluvias, ni hace ceremonias en sus fuentes… No… no enciende una vela en el medio del lago.

Y el invisible respirar de ese prana –que se le pone nombre… para dominar-, no festeja el aire en sus revoloteados giros de idas y venidas. Parece un felino enjaulado, que no encuentra la vía de salida y de escape de este pintado azul.

 

El reclamo orante… es el eco de lo que nunca sonó, de lo que nunca se dijo…

Es emanación… ¡sin origen!

La Eternidad no se origina.

 

¡Ay! ¡Cuánto exige la humanidad a la Creación, para que le cuente y le diga qué es lo bueno o lo malo! Parece mentira, cuando la sapiencia se enorgullece de conocerlo todo. Pero en el fondo… sabe que es vanidad. Y más al fondo, aguarda el milagro de una sorprendente… sí, de una sorprendente y misteriosa acción.

Late, sí, late en el corazón de cada ser… el poder presenciar y vivir el milagro del secuestro desde lo Eterno; ser abducidos desde este… “color”, para llevarnos a la inmensidad del Misterio.

Se aguarda –en diferentes niveles- permanentemente el Milagro.

¡Y lo cierto es que está!, pero no a gusto de lo humano. Por eso no lo cata, no lo huele, no lo saborea, no lo toca. Hay demasiada soberbia para admitir que hay otra… lo que realmente hay: otra perspectiva, otra naturaleza.

 

Lo Divino es ¡inmediato! Lo que le antecede no precisa acción.

 

Y es así que el Sentido Orante nos pregunta:

En consecuencia, ¿por qué aferrarse a las razones? ¿Por qué… amilanarse ante situaciones? ¿Por qué infravalorarse o supravalorarse? ¿Qué sentido tiene el dominar, el controlar…? ¿No es acaso un insulto… a la excepcionalidad de la vida?

Desde la visión increíblemente misteriosa, se plasma un instante que se llama “vida”. Porque El Que Ve, hace posible lo que está.

Porque El Que Ve, hace posible lo que está.

 

Sí es posible –nos expresa el Sentido Orante- estar con la consciencia de que somos visionados… y que por eso estamos.

Ciertamente, el más mínimo de nuestros actos o pensamientos… se ve.

El que oculta, se hace un flaco favor… porque más en evidencia se pone su inutilidad.

Quien visiona… y produce el estar, no puede ser traicionado. De ahí que orantemente se pueda… ejercitar un estar transparente; un estar visible.

Y por ello, un estar bajo… –¡sin que sea sometimiento!- bajo la visión trascendente. Y así, cualquier hacer se vuelve… bello, misterioso, sorprendente, son-riente.

 

En la sintonía de visiones, se va…

Se va estando… sin permanecer en ningún lugar.

 

Así…

 

 

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lunes

Lema Orante Semanal

 

NO, NO ES DIFÍCIL VIVIR

28 de septiembre de 2020

 

Ocurre que los pequeños detalles… se hacen cada vez más pequeños, y en ocasiones desaparecen.

Ocurre que la crítica se hace más frecuente, y con poco margen de tiempo se potencia y se acidifica… sin más miramiento que herir.

Ocurre que los compromisos se asumen… podríamos decir que al principio con una cierta entereza, pero después se van desvaneciendo entre quejas y protestas; entre exigencias y demandas. Con lo cual, el compromiso queda muy derretido.

Y ocurre que los respetos, es decir, la imperiosa necesidad de un cotidiano respeto entre los seres convivenciales, no ya es fundamental sino que es trascendente. No es importante, es trascendental.

Para ello tenemos que escuchar, ver… y, sobre todo, saber permanecer en el sitio que nos corresponde, para que así no invadamos otros espacios, otros niveles que corresponden a otras personalidades, a otras disyuntivas.

 

Y ocurre que, con esas ocurrencias –que son las mínimas- que habitualmente suceden, ocurre que se hace difícil, ¡muy difícil!, se hace incompetente la posibilidad de incorporar, en ese Estar y Ser cotidiano, las sugerencias orantes, las advertencias meditadoras, las vivencias contemplativas.

 

La Llamada Orante nos sugiere, diríamos que cada vez con mayor timidez, impulsos hacia la posibilidad de sintonizarse con la Creación, hacia la opción de vibrar con el vivir… y de sentirnos amados, y en consecuencia ¡amar!... donde estamos, lo que hacemos, con quien convivimos, con quien proyectamos, hacia donde nos dirigimos…

 

Podemos –y en general es algo que se suele hacer- restar importancia a los inconvenientes, a las rupturas, a las disputas, a los prejuicios, a los egoísmos, a los hedonismos, a las importancias personales. ¡Y se le resta y se le resta y se le resta tanta importancia!, que finalmente se convierten en IMPORTANTES.

Sí; la importancia personal, si se le resta la incidencia que puede dañar a los demás; si se le resta y… “no pasa nada”; se le resta… “bueno, tampoco es para tanto, es que él es así”; si se le resta a la queja, a la exigencia, si se le resta su capacidad de inmovilidad, de inmovilizar y de culpar… “es así, no pasa nada”; si se resta, si se le resta a la rabia, a la pena, su valor y su incidencia en el convivir… “total, es una pequeñez, no tiene importancia, no pasa nada”… probablemente –probablemente- cada vez pasen menos cosas. Porque se le resta, se le resta, y “no pasa nada”. NO PASA NADA.

Y bien, bien, bien está desdramatizar. Bien. Pero el drama existe, y hay que buscarle solución.

Bien está el no obstruirse ante lo irrespetuoso, ante lo olvidadizo, ante lo imposibilitante de lo que se imposibilita el ser para así no asumir responsabilidades.

En esa secuencia de que “todo vale, nada es importante, todo es, ¡bueno!, lo que tiene que ser”, no es que ya el ser pierda protagonismo, sino que, en teoría –en teoría, ¿eh?-, le da igual, ¡salvo!... salvo cuando tocan sus intereses, salvo cuando tocan sus emociones, afectos, salvo cuando tocan sus actividades.

O sea, se trata de mantener un clima “sin importancia”, en el que nada tiene importancia y la vanidad se expresa sin reparos. Y así popularizamos la vulgaridad.

Y ante esa situación, sin pretender pasarse al lado opuesto de que “todo es dramático”, de que “todo es…” –“los radicalismos obscenos de los perfeccionismos”-, no, pero la otra posición es un poco vaída. ¡No… no muestra el entusiasmo del amanecer! ¡No muestra las caricias del canto de gallo! ¡No, no, no… no muestra la pasión por lo que se hace, por la dedicación y el superar dificultades! No muestra –ese “vale todo”, esa impunidad, ese “no tiene tanta importancia”-… no muestra, no permite la decisión de la ¡aventura!, ¡la entrega ante la dificultad!, sino que más bien apoquina, disminuye la dedicación. Las propuestas, ¿para qué…? Que propongan otros. Y así, si las cosas no van bien: “¡si es que yo no lo propuse!”…

Es una estrategia muy… “muy”. Vamos a dejarlo en “muy”.

Pero demuestra un cierto desinterés, una cierta incapacidad ya advertida, para que se decida lo que se decida siempre se tenga el as de que “yo no lo decidí”.

El Universo se esmera en cuidar sus estaciones. El Universo, la Misteriosa Creación… se esmera en mantener las condiciones para sus lluvias, sus sequías, sus humedades. El Misterio Creador se esmera en traernos la primavera, el otoño, el invierno, el verano. Se esmera la tierra en darnos sus frutos. Se esmeran… hasta los pequeños organismos celulares se esmeran en cumplir su cometido.

¿Y dónde está la respuesta humana ante tanto esmero? ¿Dónde?

La mayoría de la mayoría de las veces, el esmero se desarrolla para generar el bienestar, el confort, el desarrollo personal. Lo demás, los demás, sí, están –sí, están-, pero deben estar a nuestro servicio.

Quizás sea muy exagerado decir esto, ¿verdad?, pero qué bueno sería –¿verdad?- que siempre, cada uno tuviera razón, y los demás se plegaran a sus servicios.

Sí. Evidentemente, en la medida en que desvalorizamos cualquier incidencia facilitamos que vuelva a ocurrir, porque no prestamos las respuestas y no desarrollamos los mecanismos para que no suceda otra vez.

 

También ocurren –y nos advierte el Sentido, la Llamada Orante- los estados de permanente insatisfacción; los estados de continua queja y… ¡rebrotes! Esos estados de catastrofismos continuados… ¡claro!, en los que el sujeto –es así- ¡él no participa, por supuesto! Suelen asegurarse –claro está- de que los deterioros y los males que ocurren son asunto de otros. Pero no aportan, no. Se quedan en el análisis del destrozo ajeno, pero no dan sugerencias para que no ocurra o aportan acciones o actividades para cambiar.

Todo esto nos puede llevar –desde el punto de vista humano, claro- a decir: “¡Qué difícil es vivir! ¡Es muy difícil! ¡Y en comunidad, más!”. Aunque todos los seres viven en comunidad; más alejados o menos alejados unos de otros, pero tenemos que encontrarnos… o en la tienda o en el Corte Inglés o en el pasaporte o en el paseo o en el bar. Hasta el más individualista y observante de su intimidad precisa de la comunión, de la comunicación del entorno, de la comunidad con ello. Y tendrá que relacionarse.

Cuando nos fijamos en el Universo en el que habitamos, nos damos cuenta de que las diferentes actividades que podemos describir con nuestra ciencia se… ¡se llevan bien! ¡No es difícil! No es el slogan que se acaba de oír: “qué difícil es vivir!”. ¡Qué difícil hacemos el vivir!, cuando cada uno quiere ser el rey, cuando cada uno quiere ser el sol, cuando cada uno quiere reclamar lo suyo.

¿Qué es “lo suyo”?

 

Es ahí cuando se hace difícil vivir. ¡Claro! ¡Muy difícil! Porque se entra en una permanente competencia y defensa de logros y de importancias personales. Entonces… ¡muy difícil!

Vivir se hace tan difícil que se convierte en un martirio. Increíble, ¿no? Y resulta que el Misterio Creador gesta y genera la vida como expresión de Amor. Y como tal, lo amado, lo enamorado, lo amante goza de buena salud. Está en un momento brillante. Pero ¡ni eso! O muy poco. Porque siempre estará el comentario, la media puyita, la puyita y cuarto de mitad de puyita, y la preguntita y… ¡Qué barbaridad!

 

No… –nos dice la Llamada Orante- no, no es difícil vivir. El ser está dotado de unos recursos de infinita presencia, de una capacitación de creativizar su acción, de idealizar su proceso, de ocuparse de lo débil, de hacerlo ¡fuerte!, de canalizar las pasiones, de hacerlas ¡brillantes!, ¡de alegrarse del bien ajeno!... y de cultivarse ¡en el arte!

No, no es difícil. Cuando lo vemos y lo vivimos, ¡y ciertamente las sociedades se hacen difíciles!, es porque cada uno aspira a convencer, dominar y controlar a los otros. Se establece una contienda… que lleva ya tiempo y tiempo establecida en el ser humano.

Mientras esa contienda permanezca, sin duda –“sin duda”- la escucha orante será tímida, precaria; prevalecerá la incidencia de reclamo, la exigencia de “lo mío”... ¡Uff!

 

Sí, es cierto, el panorama puede resultar desolador: ¡sin sol!; ¡oscuro! Pero a sabiendas –que nos dice el Sentido Orante- de nuestras dotaciones, de nuestra luminosidad, de nuestra vigilia gracias a esa luminosidad que nos brinda la Creación, entonces no resulta terrible y difícil, sino que se van encontrando y nos vamos encontrando con seres –¡pocos!- que se idealizan, que se comprometen, que se aman, que se desarrollan, que se ¡promueven!, que hacen de la vigilia un encanto, y de la oscuridad de la noche una meditación complaciente.

 

Cada encrucijada, cada aparente comienzo –que es un transcurrir- nos brinda, como cada amanecer, la oportunidad de hacer mejor el hoy y el mañana. De hacerlo mejor, por la bondad que se derrocha sobre nosotros. Y hacerlo mejor, por los recursos y dotaciones que tenemos.

 

Permitamos engalanar los virtuales comienzos.

Permitamos engrandecer las propuestas.

Hagamos acopio de la mejor intención, con el mínimo reproche, a la hora de ejercitarnos.

Ser capaz de admirar la acción de otro. Y de compartir esa brillantez.

No dejarse abatir por las primeras, segundas o terceras incomodidades.

Estar en el permanente comentario, apertura y diálogo para aclarar los malos entendidos, las confusas propuestas, los “síes” a medias.

 

El Sentido Orante, la Llamada, siempre optimiza: consuela, alivia, aligera, calma, serena… “Cuida”.

Y en la medida en que la incorporamos a nuestro estar nos hacemos Universo, nos hacemos ese microcosmos que replica en la armonía de la Creación.

 

Que el Amen-Amén sea… un empuje solidario, refrescante, ¡novedoso!, creativo, ¡dispuesto!, disponible, ¡generoso!, optimista… venturoso.

 

Que no se permita perturbar ninguna de esas cualidades, por ninguna vanidad propia o extraña o ajena.

 

 

 

 

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domingo

Lema Orante Semanal

 

PROMESAS

21 de septiembre de 2020

 

Cada ritmo, cada ciclo, cada fracción que se exprese como instantes –véase un día, un fin de semana, una semana, un mes, un año-… ficticios son, cierto, pero… a nivel de referencia, nos dan las secuencias de una trayectoria.

Por ello, los sapiens, a lo largo de su historia de tiempo, marcan instantes que propiciaron tal o cual acontecer… y fue a partir de ahí que ocurrió esto o aquello.

El Sentido Orante, desde su Misterio, se pliega a nuestra pequeñez… y nos incita a una fracción de instantes. Y es así como nos encontramos en el comienzo de una semana sobre la que hay planes… proyectos…: “promesas”.

Sí; quizás sea una llamada que se suele quedar fallida o a medias… –como decía el dicho: “nos las prometíamos felices”-, pero ¿realmente cumplimos nuestras promesas?

Sin duda, el cumplir con nuestra parte no significa que vayan a producirse X aconteceres, pero sin duda, si no cumplimos con nuestra parte, probablemente no acontezcan.

Las promesas son esos anticipos de la consciencia: anticipamos que vamos a…; ponemos encima de la mesa…; adelantamos… nuestras entregas, nuestras ilusiones, fantasías y haceres antes de que realmente se produzcan. Aunque –también hay que tenerlo en cuenta- en la medida en que nos prometemos, ya en alguna forma ha ocurrido, está ocurriendo.

Esto es muy significativo a la hora de ejercitarnos en lo que nos prometimos: el saber que ya el terreno está preparado, ya se ha arado, ya se ha refrescado el suelo, ya se muestra la tierra ansiosa de nuestras semillas… Gracias a la PROMESA.

Pero hay que culminarla con el sembrado.

 

Quizás, si remembramos promesas, nos encontremos con grandes vacíos incomprometidos. Seguramente. También, claro, encontraremos momentos de cumplida acción, que dieron sus muestras, o a veces no, pero quedó patente nuestra participación.

 

Es momento –nos dice el Sentido Orante- de anticipar nuestra acción, nuestra presencia; arar y preparar el terreno a través de las promesas. En alguna medida lo hemos visto, lo hemos imaginado. Nos hemos valorado y nos hemos… a veces “exagerado” nuestra visión de promesa, y otras veces… “minimizado”.

 

Y el mayor “riesgo”… –entre comillas riesgo, pero sí generador de desconfianza, de auto-desconfianza- el mayor riesgo es contar sólo con nuestras fuerzas.

Verán. La promesa es como esa inspiración de Misterio que nos empuja a… hacer la excepción, a hacer lo que sentimos que es lo adecuado; que nos va a suponer un esfuerzo, una dedicación. En consecuencia, si la aparición de la promesa es de parte del Misterio, es un lenguaje, una parte… –¡muy pequeña, sí!- de lo que va a transcurrir luego, pero facilita, con esa promesa, nuestra participación, y hace posible que, por nuestra actitud, el reclamo de las demás partes funcione, y acudan y se junten y… la experiencia sea gratificante.

 

Así, en el ejercicio de esa promesa –contando con nuestros recursos, sí-, si incluimos esa idea de “Inspiración de Misterio”, contaremos, sentiremos la casualidad, la suerte… que nos acompañará. Es decir que la aparición de nuestras promesas está auspiciada por el Misterio Creador. Y en la medida en que lo tenemos en cuenta, nos damos cuenta de que no es suficiente con nuestro aporte.

Y esto nos hace presentarnos o presentar nuestras promesas, con la Inspiración Misteriosa, con el aporte de la Llamada Orante. Lo cual dará a nuestra ¡actitud!... una característica ¡DIFERENTE!, que si sólo planteamos nuestro estar y hacer en base a nuestros recursos.

 

Sea cual sea o sean cuales sean los resultados, bajo la garantía de quien nos ha inspirado la promesa…, nos sentiremos realizados y aprenderemos de lo transcurrido, sea gustoso o no; aprenderemos de lo que faltó, de lo que sobró, de lo que fue justo.

 

El hacer cumplido de las promesas acrecienta la fuerza de la consciencia…; genera ternura y capacidad…; promueve cuidados… Y así nos sitúa en el plano de “lo siempre posible”.

 

Sabemos, ante cualquier promesa que nos inspiran, de la participación de otras actitudes… que no estarán –seguramente- en el plano de nuestra sintonía con el Misterio. No debemos forzar, ni imponer, ni manipular ninguna participación. La honestidad, en cada promesa, debe estar garantizada por nuestra ética. Sólo así entenderemos la participación evidente y constante del Misterio Creador.

 

Sentirse “comprometido en lo prometido”, con el auxilio permanente de la Creación, es abrirse a la sintonía de “los necesarios”. Es conectarse con lo desconocido… y seguir la estela de la luz.

 

Es fácil y frecuente que el desánimo aparezca, cuando parte o todo lo prometido se aplaza, se fractura… La fe en la Providencia de esa inspiración recibida nos debe reavivar, reanimar.

Caerse caminando es parte del camino, y hay que incluir como pasos, nuestros tropiezos. Así estaremos siempre en disposición de levantarnos; no dejarnos postrar.


Que las inspiradas promesas de este ritmo que comienza, estén en permanente atención de la ayuda que reciben y de la casualidad que transcurre.

Es Orar haciendo, estando, testimoniando.

 

 

 

 

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Lema Orante Semanal

EL DESESPERADO AFÁN DE POSEER

14 de septiembre de 2020

 

 

Podría decirse que cualquier postura con actitud posesiva es aberrante.

Y esta expresión se correspondería –si atendemos a nuestra sinceridad- a multitud de aconteceres diarios, no solamente personales sino grupales, regionales, nacionales, internacionales…

El sentido posesivo de “tener” implica, evidentemente, dominar gobernar… Tenemos muchas palabras. Y todo ello constituye un FRENO. Un freno a la expresión, la voluntad, la intención; porque… más que “el fantasma”, “la evidencia” del posesivo afán está ahí rondando.

Y el Poder –en general- quiere poseer todos los recursos. Y el Gobierno –en general- se siente poseedor de todos los ciudadanos. Y el Estado se siente garante y poseedor de la herencia del mando. Y el señor de la ventanilla posee la posibilidad de arruinarte una petición –por poner un simple ejemplo de cada día-.

O bien, el señor “de”, la señora “de”… o la señora “de” del señor Q, se poseen tan mutuamente que están encadenados y arruinados afectivamente.

Voilà! Pero ocurre que esto es tan común, tan vulgar, que es –como se diría- “el pan nuestro de cada día”.

Sí. La oración es hoy ¡descarada!, ¡descarnada!, casi ¡impía!

.- ¿Una oración impía?

.- Sí, casi.

La verdad es que el Sentido Orante puede permitirse el lenguaje que le dé la gana; y desenmascarar claramente las torturas que la especie, a lo largo del tiempo, se hace, tratando de posicionarse en posiciones de privilegio y de posesión.

Ya, tempranamente: “mis hijos”. Al igual que en respuesta lógica: “mis padres”.

Podrían ponerlos en un concurso de belleza. Sería interesante –junto con señoritas en traje de baño-.

Pero, ¡claro!, en el día a día, cotidianamente: “¡No vayas a tocar al hijo de fulano o a la hija de mengano!”. “Tocar” en el sentido de comentar algo que no esté de acuerdo con los principios o los criterios de su padre, su posesivo padre, ¡el que quiere lo mejor para sus hijos! En definitiva, lo que quiere es que sea igual de torpe que él. Porque no es cierto –¡no, no, no, no!, ¡no es cierto, no nos confundamos!-, no es cierto que, en ese ánimo posesivo, al padre le dé igual que el hijo sea ingeniero botánico que dama de las camelias. ¡No! No le da igual. Tiene planes para él… Y para ella. Tiene planes para ella. Sobre todo porque como son las más… ¿torpes o…? Dejémoslo así, en “torpes”.

Ellos –los padres- tienen una ascendencia “tremenda” afectiva, económica, de regazo… De ahí el éxito de la esclavitud familiar. No olvidemos que provienen de los esclavos.

Y ahí… “¡Oh! ¡Cómo voy a hacer esto!... ¡Oh! ¡Cómo voy a hacer lo otro!”…

El caso es que, aunque lo haga –en este caso, la hija-, lo hará con el dolor del dolor del padre y de la madre y de los hermanos, que no estaban de acuerdo con que se dedicara a la astronáutica civil –por ejemplo-.

Porque, sí, luego aparecen aparentes rebeldías –“aparentes rebeldías”- que están “en contra de”, ¡pero no es cierto! It’s not real. ¡No es cierto! Porque la verdadera rebeldía es aquella que se libra y se zafa de la amenaza constante del posesivo, y no siente –no siente- dolor por el dolor con el que amenaza el otro.

.- ¡Ay! Si tú te vas, ¿qué será de mí?

Y entonces, sí, te puedes ir, pero te vas diciendo: “¡Oyyy! ¡Qué será de ella! ¡Pobrecita!, lo que sufrirá. Sí, pero yo me voy. Pero, ¡ay!… ¿qué será de ella?”.

¡Terrible! Parece como si ese desesperado afán de poseer, que lleva –como hemos dicho- al control, a la manipulación, a la persecución, parece ser que… o podría ser que todo ese desarrollo –que insisto en él para que se aprenda si es posible- es tan común, ¡tan común!, que… ¡es común! Y entonces, no se ve como algo a pulir, a mejorar, a quitar, a diluir, a… –¡porca miseria!- a decir: “¡Basta ya!”.

¡Pero!… –¡ay, el “pero”!- para llegar a esa posición es preciso lavarse muchas veces.

.- ¿Lavarse?

Sí, sí. Lavarse, lavarse muchas veces. No sólo las manos. Está bien lavarse las manos… y otras partes del cuerpo. “Lavarse” en el sentido de quitarse tanta ganancia y posesión acumulada. Y eso cuesta. ¡Oh, sí!, cuesta…:

.- ¿Y esto que es tan…?

.- ¡Nooo! ¡Pobrecito!... No.

.- ¿Y esto?...

.- ¡Noooo! Esto es de la… No. Y esto tampoco, porque…

Total que… ¡me quedo con todo!

 

El Sentido Orante hace referencia a esta actitud humana de cientos de años, miles de años. Quizás un hábito que empezó a tomarse cuando el ser empezó a desplazarse de su lugar de origen, e interpretó que para desplazarse a otro lugar hay que poseerlo, y entonces la emprendió… y empezó a poseer tierras, plantas, piedras, árboles y todo lo que estaba a su alcance. Por si… por si le faltara algo. Por si algún día le hiciera falta algo. Justo el día que necesitaba las piedras no tenía fuerzas, estaba cansado, y le robaron. ¡Je! Suele pasar. Pero para eso está luego la venganza, y se arregla.

El Sentido Orante nos recuerda…

Y de eso no se tiene consciencia. ¡No! Porque el hombre está tan afanado y tan ocupado en su posesiva pertenencia de “aquí y ahora” que… ¿cómo va a notar que la Creación no le aprieta, que la Creación no se siente y no se expresa poseedora de sus criaturas? ¿Cómo va a notar eso? Si amanece todos los días, si anochece, si hace calor y frío, si llueve, si hay cosecha… si lo tiene ¡todo! Eso no es propio de poseer. Tampoco, es cierto –porque es típico de los posesivos-, tampoco le pide cuentas, y dice:

.- ¡Eh!, ¡tú!, ¡Adrián!, ¡Persívola! –es ella-… Vengo a pedirte cuentas de todo lo que se te dio desde… ¡pfff! Y ahora, ¿qué? ¿Qué me devuelves? ¿Qué virtud has cultivado? ¿Qué servicio has prestado? ¿Qué has aportado a tu entorno?

.- Bueno, verás, es que he tenido algunos problemas con…

.- No sigas… Pronto vendrá tu recambio.

Esa sería una buena respuesta celeste, ¿verdad?: “Pronto vendrá tu recambio. Prepara tu camisón para el hospital y luego procura tener la tumba lista. Habrá que crear otro ser para que haga lo que tú no hiciste y lo que se le encargue a él”.

¿¡Podría ser una respuesta!, verdad?

Sí, podría ser. Pero… sin excluirla, porque la Creación es imprevisible. ¡Uff! Cuando le quieres seguir la pista, en su Providencia, te despista de una manera… Dicen:

.- ¡Por ahí, por ahí, por ahí va!…

Y de repente llegas allí:

.- No, que no está aquí.

.- Pero… ¡pero yo la he visto por aquí!

.- ¡Ufff! Hace siglos que estuvo.

.- ¿Cómo “siglos”? Yo la he visto hace un momento.

.- ¡Qué va! Es un holograma de ella. Ella hace hologramas.

Jejeje. ¡Qué sapiencia más estúpida! ¡Y es sapiencia!, ¿eh? Trescientos mil años lleva el homo sapiens por estos “lares” –que se dice-. Y sí, claro, algo ha aprendido. Ha aprendido… Ha aprendido, sí, sí. Es capaz de destrozar cualquier cosa con una palabra, por ejemplo. Tiene un poder de exterminio, demoledor. ¡Oh!, sí.

Por eso hubo que inventar el demonio, ¡claro! Tenía que haber alguna entidad malévola que inspirara tantos recursos, ¿no?

Pero pareciera que es algo pasado. ¡No, no, no! No es algo pasado. La existencia y la consciencia del mal y del bien están ahí, deambulando.

Pero… ¡atención, por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!...

Si partimos de un Misterio Creador, ¿ustedes creen que hay sitio para un misterio destructor? No. ¡Abandonen esa creencia! Porque es obvio. Y más bien, cuando la tuerca esté rota, torcida o no tenga muesca para atornillar, piensen que es más bien la actitud personal la que se empeña en problematizar, dramatizar, horrorizar… ¡Pfff!...

¡Qué feo!...

Sí. Si lo vemos desde fuera –¿verdad?-… vemos así, la especie y:

.- ¡Qué fea especie! ¡Qué fea! ¡Mira, mira, mira!: allí, basureros llenos de hambrientos que se pelean por una bolsa o un espagueti… ¡Qué feo! Y mira a aquel rico, cómo se ‘soberbia’ ante un yate, ante un fotógrafo estúpido que le hace la foto y vive de su vida. ¡Qué feo! Qué feo. Mira, mira a aquellos dos, todo el día peleándose. ¡Qué feo! Mira a aquellos otros… ¿qué ofrecerán cuando culmine su ciclo?

.- ¿Culmine?

Como decía una antigua leyenda:

.- Por aquí se llora mucho, ¿no?

.- Sí, sí, se llora… ¿Y por allí?

.- Pues fíjese –como dice la vieja leyenda- por allí se llora más.

.- ¿Más?

.- Sí. Pero con el agravante de que no sabes cuándo se va acabar. En cambio, por aquí, tú lloras, y llega un momento en que se acaba.

Claro, los que hablan de la experiencia del túnel de la luz y tal, no se dan cuenta de que la luz a veces te deslumbra. Entonces, claro, pues al deslumbrarte –según algunas traducciones apócrifas- no ves. No ves, no ves, no ves, no ves. Y, al no ver, te tropiezas con las nubes, con el viento, con los ángeles, con los arcángeles, con los serafines, con los querubines, con los tronos, con las potestades… –¡buah, eres un tropezón!- y con todos los demás que andan por allí, cegatos.

.- ¿Pero tú también has visto la luz?

.- ¡Cuidado con la cabeza!

¡Y llorar y llorar!… ¡Qué lagrimeo, de verdad!

No es difícil imaginarse algo así, ¿verdad? Bueno, todavía están los símbolos tradicionales de [1]las calderas de Pedro Botero, que eran calderas de fuego donde se achicharraban eternamente. Pero, ¿ven?, sí: ahí estaba siempre lo Eterno, ¿no? Y te quemabas eternamente. Pero aquí te quemas, te pones Avril, y más o menos se te pasa. Pero allí no. Te quemas y te sigues quemando, y dices:

.- Oye, esto se acabará alguna vez, ¿no?

.- No. Esto ya es para siempre.

.- ¿Para siempre? ¿Y voy a estar sufriendo y quemándome?

.- Sí, claro.

Pero luego tienes el alivio del purgatorio, que no te quemas pero, entre purga y purga, ¡guau!… Las purgas de aceite de ricino son diarias, diarias, diarias, diarias, diarias. Y llega un momento en que… te irritas, ¿eh? Sí, tú esperas que eso dure un tiempo y que luego llegues al cielo. Y luego, en el cielo, pues… como decía el chiste: “Para cuatro viejitas que hay, ¿qué vamos a hacer? Vamos a poner la tele y la radio, ¿no?”.

Sí. Todavía esos esquemas fenoménicos están ahí pululando. Y luego se pregunta a alguien, y dice: “No, no. Yo no creo en esas tonterías”. Es curioso: las personas niegan lo que sienten que intuyen que puede ser, y se hacen aparentemente mayores en consciencia: “No, yo… a mí eso no. Yo no… yo no tengo ese problema”.

“Dime lo que no tienes, y te diré lo que deseas” –jeje-.

Entonces, pillado, tocado –touché- y hundido.

 

Sí. El Sentido Orante hoy se muestra burlón, tremendamente directo y radicalmente –sin ser radical- contundente.

¿Ha visto alguien alguna vez, o sabe alguien de alguna vez que la Creación haya castigado… –castigado, sí, en el sentido de poseerlo, estrujarlo y destrozarlo- a alguien?

Evidentemente, hay personas y grupos y humanidades y etnias –y lo que sea- que se han atribuido, claro está, que su Dios –o quien sea- los conduce, los castiga, los penaliza, los premia y todas esas cosas. Sí, sigue existiendo.

¡Qué feo, poner a Dios como castigador, como juez de paz y juez de guerra!…

Pero, sí: he aquí que cada cual parece defender su parcela. Y lo hace con los recursos que crea más contundentes. No… no es hábil –y es un mensaje de la oración-. No sabe distinguir entre CUIDAR Y POSEER. Y entonces, en la posesión del hijo, del esposo, de la pareja, del amigo…, en la posesión influyente, lo interpreta, y lo dice, y no reconoce que ejerce una posesión absoluta o relativamente importante, sino que es “una forma de cuidar”.

.- Es que le estoy cuidando.

.- ¡Ah! ¿Y esa cadena al cuello?

.- Es para que… Mira, vamos a ver: es para que no sufra ningún esguince cervical.

.- ¡Ahhhh! ¡Claro!, la cadena evita que… Sí. ¿Y la cadena de… el grillete del pie?

.- ¡Hombre! Te fijarás en que ninguno ha sufrido esguince. ¡Ninguno tiene esguince!

.- Es verdad, es verdad: “grilletes contra esguinces”. Muy bien. ¿Y las esposas en las muñecas?

.- Bueno, pues mira: eso es que todavía está en periodo de formación, entonces, no es hábil con las manos. No. Es más bien ‘trope’ –trope es “torpe”, en jurásico-. Y entonces, eso es así. Es así y… ¿qué quieres que te diga? Poco a poco…

.- Pero poco a poco habrá alguna…

.- Sí, sí. Poco a poco vamos… –¿como diríamos?- vamos… ¡Sí! Por ejemplo, en el Corpus –Corpus Christi-, el día del Corpus soltamos un grillete de la pierna izquierda. ¡Y no sabes lo que lo agradecen! ¡Oh, lo agradecen…! Pero fíjate: pasado ese día, lo piden.

.- ¿Lo piden?

.- Sí, porque saben que todo esto es para cuidarlos. Y cuando no los atas, no los dominas, no los posees, se sienten ¡huérfanos!... o sienten que no les interesas.

.- ¡Oh!... ¡ya!

 

Y transcurren los tiempos, y transcurren y transcurren, y pareciera que no se escuchara ningún mensaje que, en alguna medida, modificara, corrigiera, mejorara… ¡ay!, tanto dolor. Porque, sí: no se da cuenta –¡no se da cuenta!; ¡es que es increíble!- no se da cuenta de que la poseída posesión, la actitud posesiva produce dolor. Propio y ajeno.

O sea, el poseedor, en su afán de poseer, cuando ve que la presa se le escapa siente dolor. Y la presa… pues también. Aunque se escape, siente el dolor que ha producido por escaparse. Porque si no se hubiera escapado, el padre no tendría dolor y estaría feliz con su hija, felizmente casada, organizada… y con sus hijitos y polluelos, en un bello paraje para ser felices, como son… las perdices. Sobre todo las que no se cazan; porque las perdices que se cazan no son muy felices; están llenas de balines, de plomo.

Claro, el Universo contempla cuando esto ocurre. Y dice el Universo –por ejemplo, dice-: “¡Hay que ver qué feo!, ¡qué aburridos! Y van a repetir otra vez ¡lo mismo! ¡Qué aburridos! ¡Qué feo!...”.

“Sí. Así como hizo mi padre y mi madre, así yo voy a repetir…”.

 ¡Qué feo! ¿Acaso el sol que tenía tu padre o tu madre es el mismo que tienes tú? ¡No! Parece que es el mismo pero no es el mismo. Ya no alumbra de la misma forma. Es diferente.

¿Acaso el cometido que tú traías, con tus recursos y remedios, estaba al servicio de tu padre, tu madre, tus amigos, o estaba al servicio de la Creación?

Y cuando… –verás- cuando te sientes servidor de una Creación, los dolores que sienten otros por haber perdido la posesión, no te duelen.

. -¿No te duelen?

.- No.

.- ¿Y el sufrimiento que tiene mi padre porque no hago lo que él quiere?

.- Pues que sufra, ¡pobrecito! ¡Qué feo!, ¡qué chantaje!

¡Oh! ¡El CHANTAJE! ¡Es verdad: “el chantaje”! ¿Cómo no lo hemos nombrado antes?… –¡ah!, ¡despistes orantes!-. El chantaje es esa fórmula, esa fórmula… no sé cómo definirla, pero es esa fórmula tan, tan, tan usada, de la posesión, que, subrepticiamente…:

“Como no estoy de acuerdo contigo, no te hablo o no te digo… o te chantajeo y me vuelvo frío y distante”. –¡Es un chantaje!-.

“Como sé que tú me aprecias o me quieres, te dolerá. Y a ver si mi dolor –por mi distanciamiento- hace que te apiades de mí y corrijas tu postura; o, en cualquier caso, si sigues con tu postura, que mi dolor te acompañe”.

¡Qué fuerte!, ¿no? ¡Qué fuerte! ¡Eso no se escucha, no! Eso lo descubre ahora la oración. No se escucha, pero así funciona. ¡Guau!...

Y traspasa fronteras. Le da igual que uno esté en Kuala Lumpur o Sudáfrica o esté… en Dinamarca. ¡Da lo mismo! No hay fronteras.

Y así van deambulando los habitantes humanos –salvo excepciones- con sus penas propias, sus penas ajenas, sus chantajes propios, sus chantajes ajenos.

Verdaderamente, arrastran sus almas. Sí; son cuerpos fríos que atan su alma con una cuerda brusca, y van caminando arrastrándola mientras el alma llora. Pero no tiene suficiente sentido de Universo, el esqueleto que arrastra, como para incorporar su alma. Por eso la lleva arrastrando.

No, no es una imagen idílica precisamente. No. Pero es bueno recordarla, sobre todo cuando la víctima del chantaje se encuentra permanentemente chantajeada, y se siente, y lo siente, y la siente.

“Sí. Yo hago lo que creo, lo que quiero, pero con el dolor subsiguiente de otros… que sé que no les agrada. Pero me llega. Si estuviera realmente ligado a la Creación, ese “otro” no me llegaría; ese dolor del otro no me llegaría, no. Recogería mi alma arrastrada… y me vestiría con ella”.

Sí. Porque, habitualmente, el ser se desviste de su alma. No la pierde, la lleva a rastras.

Sería… sería –expresa el Sentido Orante- una actitud de detalle, el que el ser se dispusiera a evaluar, a replantear su posición.

Porque además, es curioso: el que es chantajeado y poseído, transmite esa sensación y la ejerce sobre otros. Y así sucesivamente. Y así, los niños, en su más tierna infancia, tienen SUS juguetes, tienen SU… Son SU-SUS. Y esos SU-SUS, esos pequeños SU-SUS… hacen sus correspondientes chantajes.

Pero, ¡claro!, ¡son niños! Pero, ¡claro!, siempre hay una justificación para mantener la vulgaridad, la posesión, el chantaje…

¡QUÉ FEO!...

 

 

 

 

 

 

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[1] El nombre de “Pedro Botero” es una forma de denominar al diablo y, consecuentemente, sus calderas serían el infierno.