EL DESESPERADO AFÁN DE POSEER
14 de septiembre de
2020
Podría decirse que
cualquier postura con actitud posesiva es aberrante.
Y esta expresión se
correspondería –si atendemos a nuestra sinceridad- a multitud de aconteceres
diarios, no solamente personales sino grupales, regionales, nacionales,
internacionales…
El sentido posesivo
de “tener” implica, evidentemente, dominar gobernar… Tenemos muchas palabras. Y
todo ello constituye un FRENO. Un freno a la expresión, la voluntad, la
intención; porque… más que “el fantasma”, “la evidencia” del posesivo afán está
ahí rondando.
Y el Poder –en
general- quiere poseer todos los recursos. Y el Gobierno –en general- se siente
poseedor de todos los ciudadanos. Y el Estado se siente garante y poseedor de
la herencia del mando. Y el señor de la ventanilla posee la posibilidad de arruinarte una petición –por poner un
simple ejemplo de cada día-.
O bien, el señor “de”,
la señora “de”… o la señora “de” del señor Q, se poseen tan mutuamente que
están encadenados y arruinados afectivamente.
Voilà! Pero
ocurre que esto es tan común, tan vulgar, que es –como se diría- “el pan
nuestro de cada día”.
Sí. La oración es
hoy ¡descarada!, ¡descarnada!, casi ¡impía!
.- ¿Una oración impía?
.- Sí, casi.
La verdad es que el
Sentido Orante puede permitirse el lenguaje que le dé la gana; y desenmascarar
claramente las torturas que la especie, a lo largo del tiempo, se hace,
tratando de posicionarse en posiciones de privilegio y de posesión.
Ya, tempranamente: “mis hijos”. Al igual que en respuesta
lógica: “mis padres”.
Podrían ponerlos en
un concurso de belleza. Sería interesante –junto con señoritas en traje de baño-.
Pero, ¡claro!, en
el día a día, cotidianamente: “¡No vayas
a tocar al hijo de fulano o a la hija de mengano!”. “Tocar” en el sentido
de comentar algo que no esté de acuerdo con los principios o los criterios de su padre, su posesivo padre, ¡el que quiere lo mejor para sus hijos! En definitiva, lo que quiere es que sea
igual de torpe que él. Porque no es cierto –¡no, no, no, no!, ¡no es cierto, no
nos confundamos!-, no es cierto que, en ese ánimo posesivo, al padre le dé
igual que el hijo sea ingeniero botánico que dama de las camelias. ¡No! No le
da igual. Tiene planes para él… Y para ella. Tiene planes para ella. Sobre todo
porque como son las más… ¿torpes o…? Dejémoslo así, en “torpes”.
Ellos –los padres-
tienen una ascendencia “tremenda” afectiva, económica, de regazo… De ahí el
éxito de la esclavitud familiar. No olvidemos que provienen de los esclavos.
Y ahí… “¡Oh! ¡Cómo voy a hacer esto!... ¡Oh! ¡Cómo
voy a hacer lo otro!”…
El caso es que,
aunque lo haga –en este caso, la hija-, lo hará con el dolor del dolor del
padre y de la madre y de los hermanos, que no estaban de acuerdo con que se dedicara
a la astronáutica civil –por ejemplo-.
Porque, sí, luego
aparecen aparentes rebeldías –“aparentes rebeldías”- que están “en contra de”, ¡pero
no es cierto! It’s not real. ¡No es
cierto! Porque la verdadera rebeldía es aquella que se libra y se zafa de la
amenaza constante del posesivo, y no siente –no siente- dolor por el dolor con
el que amenaza el otro.
.- ¡Ay! Si tú te vas, ¿qué será de mí?
Y entonces, sí, te
puedes ir, pero te vas diciendo: “¡Oyyy! ¡Qué
será de ella! ¡Pobrecita!, lo que sufrirá. Sí, pero yo me voy. Pero, ¡ay!… ¿qué
será de ella?”.
¡Terrible! Parece
como si ese desesperado afán de poseer, que lleva –como hemos dicho- al control,
a la manipulación, a la persecución, parece ser que… o podría ser que todo ese
desarrollo –que insisto en él para que se aprenda si es posible- es tan común,
¡tan común!, que… ¡es común! Y entonces, no se ve como algo a pulir, a mejorar,
a quitar, a diluir, a… –¡porca miseria!- a decir: “¡Basta ya!”.
¡Pero!… –¡ay, el “pero”!-
para llegar a esa posición es preciso lavarse muchas veces.
.- ¿Lavarse?
Sí, sí. Lavarse,
lavarse muchas veces. No sólo las manos. Está bien lavarse las manos… y otras
partes del cuerpo. “Lavarse” en el sentido de quitarse tanta ganancia y
posesión acumulada. Y eso cuesta. ¡Oh, sí!, cuesta…:
.- ¿Y esto que es tan…?
.- ¡Nooo! ¡Pobrecito!... No.
.- ¿Y esto?...
.- ¡Noooo! Esto es de la… No. Y esto tampoco, porque…
Total que… ¡me quedo con todo!
El Sentido Orante
hace referencia a esta actitud humana de cientos de años, miles de años. Quizás
un hábito que empezó a tomarse cuando el ser empezó a desplazarse de su lugar
de origen, e interpretó que para desplazarse a otro lugar hay que poseerlo, y
entonces la emprendió… y empezó a poseer tierras, plantas, piedras, árboles y
todo lo que estaba a su alcance. Por si… por si le faltara algo. Por si algún
día le hiciera falta algo. Justo el día que necesitaba las piedras no tenía
fuerzas, estaba cansado, y le robaron. ¡Je! Suele pasar. Pero para eso está
luego la venganza, y se arregla.
El Sentido Orante
nos recuerda…
Y de eso no se
tiene consciencia. ¡No! Porque el hombre está tan afanado y tan ocupado en su
posesiva pertenencia de “aquí y ahora” que… ¿cómo va a notar que la Creación no
le aprieta, que la Creación no se siente y no se expresa poseedora de sus
criaturas? ¿Cómo va a notar eso? Si amanece todos los días, si anochece, si
hace calor y frío, si llueve, si hay cosecha… si lo tiene ¡todo! Eso no es
propio de poseer. Tampoco, es cierto –porque es típico de los posesivos-,
tampoco le pide cuentas, y dice:
.- ¡Eh!, ¡tú!, ¡Adrián!, ¡Persívola! –es ella-… Vengo a
pedirte cuentas de todo lo que se te dio desde… ¡pfff! Y ahora, ¿qué? ¿Qué me
devuelves? ¿Qué virtud has cultivado? ¿Qué servicio has prestado? ¿Qué has
aportado a tu entorno?
.- Bueno, verás, es que he tenido algunos problemas con…
.- No sigas… Pronto vendrá tu recambio.
Esa sería una buena
respuesta celeste, ¿verdad?: “Pronto
vendrá tu recambio. Prepara tu camisón para el hospital y luego procura tener
la tumba lista. Habrá que crear otro ser para que haga lo que tú no hiciste y
lo que se le encargue a él”.
¿¡Podría ser una
respuesta!, verdad?
Sí, podría ser. Pero…
sin excluirla, porque la Creación es imprevisible. ¡Uff! Cuando le quieres
seguir la pista, en su Providencia, te despista de una manera… Dicen:
.- ¡Por ahí, por ahí, por ahí va!…
Y de repente llegas
allí:
.- No, que no está aquí.
.- Pero… ¡pero yo la he visto por aquí!
.- ¡Ufff! Hace siglos que estuvo.
.- ¿Cómo “siglos”? Yo la he visto hace un momento.
.- ¡Qué va! Es un holograma de ella. Ella hace hologramas.
Jejeje. ¡Qué
sapiencia más estúpida! ¡Y es sapiencia!, ¿eh? Trescientos mil años lleva el homo sapiens
por estos “lares” –que se dice-. Y sí, claro, algo ha aprendido. Ha aprendido… Ha
aprendido, sí, sí. Es capaz de destrozar cualquier cosa con una palabra, por
ejemplo. Tiene un poder de exterminio, demoledor. ¡Oh!, sí.
Por eso hubo que
inventar el demonio, ¡claro! Tenía que haber alguna entidad malévola que
inspirara tantos recursos, ¿no?
Pero pareciera que
es algo pasado. ¡No, no, no! No es algo pasado. La existencia y la consciencia
del mal y del bien están ahí, deambulando.
Pero… ¡atención,
por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!...
Si partimos de un
Misterio Creador, ¿ustedes creen que hay sitio para un misterio destructor? No.
¡Abandonen esa creencia! Porque es obvio. Y más bien, cuando la tuerca esté
rota, torcida o no tenga muesca para atornillar, piensen que es más bien la
actitud personal la que se empeña en problematizar, dramatizar, horrorizar… ¡Pfff!...
¡Qué feo!...
Sí. Si lo vemos
desde fuera –¿verdad?-… vemos así, la especie y:
.- ¡Qué fea especie! ¡Qué fea! ¡Mira, mira, mira!: allí,
basureros llenos de hambrientos que se pelean por una bolsa o un espagueti…
¡Qué feo! Y mira a aquel rico, cómo se ‘soberbia’ ante un yate, ante un
fotógrafo estúpido que le hace la foto y vive de su vida. ¡Qué feo! Qué feo.
Mira, mira a aquellos dos, todo el día peleándose. ¡Qué feo! Mira a aquellos
otros… ¿qué ofrecerán cuando culmine su ciclo?
.- ¿Culmine?
Como decía una
antigua leyenda:
.- Por aquí se llora mucho, ¿no?
.- Sí, sí, se llora… ¿Y por allí?
.- Pues fíjese –como dice la vieja leyenda- por allí se llora más.
.- ¿Más?
.- Sí. Pero con el agravante de que no sabes cuándo se va
acabar. En cambio, por aquí, tú lloras, y llega un momento en que se acaba.
Claro, los que
hablan de la experiencia del túnel de la luz y tal, no se dan cuenta de que la
luz a veces te deslumbra. Entonces, claro, pues al deslumbrarte –según algunas
traducciones apócrifas- no ves. No ves, no ves, no ves, no ves. Y, al no ver,
te tropiezas con las nubes, con el viento, con los ángeles, con los arcángeles,
con los serafines, con los querubines, con los tronos, con las potestades… –¡buah,
eres un tropezón!- y con todos los demás que andan por allí, cegatos.
.- ¿Pero tú también has visto la luz?
.- ¡Cuidado con la cabeza!
¡Y llorar y llorar!…
¡Qué lagrimeo, de verdad!
No es difícil
imaginarse algo así, ¿verdad? Bueno, todavía están los símbolos tradicionales
de las calderas de Pedro Botero, que eran calderas de fuego
donde se achicharraban eternamente. Pero, ¿ven?, sí: ahí estaba siempre lo
Eterno, ¿no? Y te quemabas eternamente. Pero aquí te quemas, te pones Avril, y más o menos se te pasa. Pero
allí no. Te quemas y te sigues quemando, y dices:
.- Oye, esto se acabará alguna vez, ¿no?
.- No. Esto ya es para siempre.
.- ¿Para siempre? ¿Y voy a estar sufriendo y quemándome?
.- Sí, claro.
Pero luego tienes
el alivio del purgatorio, que no te quemas pero, entre purga y purga, ¡guau!… Las
purgas de aceite de ricino son diarias, diarias, diarias, diarias, diarias. Y
llega un momento en que… te irritas, ¿eh? Sí, tú esperas que eso dure un tiempo
y que luego llegues al cielo. Y luego, en el cielo, pues… como decía el chiste:
“Para cuatro viejitas que hay, ¿qué vamos
a hacer? Vamos a poner la tele y la radio, ¿no?”.
Sí. Todavía esos
esquemas fenoménicos están ahí pululando. Y luego se pregunta a alguien, y
dice: “No, no. Yo no creo en esas
tonterías”. Es curioso: las personas niegan lo que sienten que intuyen que
puede ser, y se hacen aparentemente mayores en consciencia: “No, yo… a mí eso no. Yo no… yo no tengo ese
problema”.
“Dime lo que no
tienes, y te diré lo que deseas” –jeje-.
Entonces, pillado,
tocado –touché- y hundido.
Sí. El Sentido
Orante hoy se muestra burlón, tremendamente directo y radicalmente –sin ser
radical- contundente.
¿Ha visto alguien
alguna vez, o sabe alguien de alguna vez que la Creación haya castigado… –castigado,
sí, en el sentido de poseerlo, estrujarlo y destrozarlo- a alguien?
Evidentemente, hay
personas y grupos y humanidades y etnias –y lo que sea- que se han atribuido,
claro está, que su Dios –o quien sea- los conduce, los castiga, los penaliza, los
premia y todas esas cosas. Sí, sigue existiendo.
¡Qué feo, poner a
Dios como castigador, como juez de paz y juez de guerra!…
Pero, sí: he aquí
que cada cual parece defender su parcela. Y lo hace con los recursos que crea
más contundentes. No… no es hábil –y es un mensaje de la oración-. No sabe distinguir
entre CUIDAR Y POSEER. Y entonces, en la posesión del hijo, del esposo, de la
pareja, del amigo…, en la posesión influyente, lo interpreta, y lo dice, y no
reconoce que ejerce una posesión absoluta o relativamente importante, sino que
es “una forma de cuidar”.
.- Es que le estoy cuidando.
.- ¡Ah! ¿Y esa cadena al cuello?
.- Es para que… Mira, vamos a ver: es para que no sufra
ningún esguince cervical.
.- ¡Ahhhh! ¡Claro!, la cadena evita que… Sí. ¿Y la cadena
de… el grillete del pie?
.- ¡Hombre! Te fijarás en que ninguno ha sufrido esguince.
¡Ninguno tiene esguince!
.- Es verdad, es verdad: “grilletes contra esguinces”.
Muy bien. ¿Y las esposas en las muñecas?
.- Bueno, pues mira: eso es que todavía está en periodo
de formación, entonces, no es hábil con las manos. No. Es más bien ‘trope’ –trope es “torpe”,
en jurásico-. Y entonces, eso es así. Es
así y… ¿qué quieres que te diga? Poco a poco…
.- Pero poco a poco habrá alguna…
.- Sí, sí. Poco a poco vamos… –¿como diríamos?- vamos…
¡Sí! Por ejemplo, en el Corpus –Corpus Christi-, el día del Corpus soltamos un
grillete de la pierna izquierda. ¡Y no sabes lo que lo agradecen! ¡Oh, lo
agradecen…! Pero fíjate: pasado ese día, lo piden.
.- ¿Lo piden?
.- Sí, porque saben que todo esto es para cuidarlos. Y
cuando no los atas, no los dominas, no los posees, se sienten ¡huérfanos!... o
sienten que no les interesas.
.- ¡Oh!... ¡ya!
Y transcurren los
tiempos, y transcurren y transcurren, y pareciera que no se escuchara ningún
mensaje que, en alguna medida, modificara, corrigiera, mejorara… ¡ay!, tanto
dolor. Porque, sí: no se da cuenta –¡no se da cuenta!; ¡es que es increíble!-
no se da cuenta de que la poseída posesión, la actitud posesiva produce dolor. Propio
y ajeno.
O sea, el poseedor,
en su afán de poseer, cuando ve que la presa se le escapa siente dolor. Y la
presa… pues también. Aunque se escape, siente el dolor que ha producido por
escaparse. Porque si no se hubiera escapado, el padre no tendría dolor y
estaría feliz con su hija, felizmente casada, organizada… y con sus hijitos y
polluelos, en un bello paraje para ser felices, como son… las perdices. Sobre
todo las que no se cazan; porque las perdices que se cazan no son muy felices;
están llenas de balines, de plomo.
Claro, el Universo
contempla cuando esto ocurre. Y dice el Universo –por ejemplo, dice-: “¡Hay que ver qué feo!, ¡qué aburridos! Y
van a repetir otra vez ¡lo mismo! ¡Qué aburridos! ¡Qué feo!...”.
“Sí. Así como hizo mi padre y mi madre, así yo voy a
repetir…”.
¡Qué feo! ¿Acaso el sol que tenía tu padre o
tu madre es el mismo que tienes tú? ¡No! Parece que es el mismo pero no es el
mismo. Ya no alumbra de la misma forma. Es diferente.
¿Acaso el cometido
que tú traías, con tus recursos y remedios, estaba al servicio de tu padre, tu
madre, tus amigos, o estaba al servicio de la Creación?
Y cuando… –verás-
cuando te sientes servidor de una Creación, los dolores que sienten otros por
haber perdido la posesión, no te duelen.
. -¿No te duelen?
.- No.
.- ¿Y el sufrimiento que tiene mi padre porque no hago lo
que él quiere?
.- Pues que sufra, ¡pobrecito! ¡Qué feo!, ¡qué chantaje!
¡Oh! ¡El CHANTAJE! ¡Es
verdad: “el chantaje”! ¿Cómo no lo hemos nombrado antes?… –¡ah!, ¡despistes
orantes!-. El chantaje es esa fórmula, esa fórmula… no sé cómo definirla, pero
es esa fórmula tan, tan, tan usada, de la posesión, que, subrepticiamente…:
“Como no estoy de acuerdo contigo, no te hablo o no te
digo… o te chantajeo y me vuelvo frío y distante”. –¡Es un chantaje!-.
“Como sé que tú me aprecias o me quieres, te dolerá. Y a
ver si mi dolor –por mi distanciamiento- hace que te apiades de mí y corrijas
tu postura; o, en cualquier caso, si sigues con tu postura, que mi dolor te
acompañe”.
¡Qué fuerte!, ¿no?
¡Qué fuerte! ¡Eso no se escucha, no! Eso lo descubre ahora la oración. No se
escucha, pero así funciona. ¡Guau!...
Y traspasa
fronteras. Le da igual que uno esté en Kuala Lumpur o Sudáfrica o esté… en
Dinamarca. ¡Da lo mismo! No hay fronteras.
Y así van
deambulando los habitantes humanos –salvo excepciones- con sus penas propias,
sus penas ajenas, sus chantajes propios, sus chantajes ajenos.
Verdaderamente,
arrastran sus almas. Sí; son cuerpos fríos que atan su alma con una cuerda
brusca, y van caminando arrastrándola mientras el alma llora. Pero no tiene
suficiente sentido de Universo, el esqueleto que arrastra, como para incorporar
su alma. Por eso la lleva arrastrando.
No, no es una
imagen idílica precisamente. No. Pero es bueno recordarla, sobre todo cuando la
víctima del chantaje se encuentra permanentemente chantajeada, y se siente, y
lo siente, y la siente.
“Sí. Yo hago lo que creo, lo que quiero, pero con el
dolor subsiguiente de otros… que sé que no les agrada. Pero me llega. Si
estuviera realmente ligado a la Creación, ese “otro” no me llegaría; ese dolor
del otro no me llegaría, no. Recogería mi alma arrastrada… y me vestiría con
ella”.
Sí. Porque,
habitualmente, el ser se desviste de su alma. No la pierde, la lleva a rastras.
Sería… sería
–expresa el Sentido Orante- una actitud de detalle, el que el ser se dispusiera
a evaluar, a replantear su posición.
Porque además, es
curioso: el que es chantajeado y poseído, transmite esa sensación y la ejerce
sobre otros. Y así sucesivamente. Y así, los niños, en su más tierna infancia,
tienen SUS juguetes, tienen SU… Son SU-SUS. Y esos SU-SUS, esos pequeños SU-SUS…
hacen sus correspondientes chantajes.
Pero, ¡claro!, ¡son
niños! Pero, ¡claro!, siempre hay una justificación para mantener la vulgaridad,
la posesión, el chantaje…
¡QUÉ FEO!...
***
El nombre de “Pedro Botero” es una forma de denominar al
diablo y, consecuentemente, sus calderas serían el infierno.