lunes

Lema Orante Semanal

 

Sentirnos unidad de Misterio

25 de marzo de 2024



Nos llaman a orar, como impulso para descubrirnos... especialmente en nuestras relaciones con todo lo viviente.

Nos llaman a orar para que no seamos impedimento, no seamos contrincantes...; no seamos unos partidistas que inevitablemente confluimos en el daño.



La Oración se hace así una vía, una potencia de evolución, de sanación; puesto que, en la medida en que el ser recupera la bondad que le promocionó para estar en este plano de consciencia, en esa medida, su convivencia, sus relaciones, estarán regidas por el respeto, la admiración, el cuidado, la dedicación.



No queda –en consecuencia- la Llamada Orante, como algo de otro plano de... un momento de retiro y de consideración, sino que nos viene a decir intencionadamente, con la inspiración correspondiente, las atenciones que debemos prestar y prestarnos sin esperar devoluciones, para así estar en la sintonía de la calma, en la referencia de lo extraordinario, ¡de lo excepcional!... que es lo que representa cada ser.



El acontecer de recalar en este momento de la Creación... ya es un signo de extraordinario, excepcional y singular acontecer.

En consecuencia, el ser debe empezar por respetarse.

Sí. Se habla habitualmente del respeto hacia otros, pero el ser se falta al respeto cuando envidia, cuando cela, cuando persigue, cuando castiga, cuando promulga convivencias conflictivas, cuando no es un servidor eficiente, cuando deja de ser una bondad auxiliadora, cuando no se presta a darse y cuando trata de sacar rédito y beneficio; o cuando se apodera de algo, cuando se propietariza de afectos, de economías, de religiones, de dogmas...

En todos esos aconteceres, y muchos más, el ser habitualmente se falta al respeto a sí mismo. Porque no ha contemplado la excepcionalidad, la singularidad y lo extraordinario de su presencia: que es un equivalente, un emisario, un representante, un enviado para cumplir con unos haceres para los que viene con el diseño adecuado.

Y que le van a promocionar, a evolucionar y a... ser cada vez más extraordinario, más excepcional, más singular. Y no como habitualmente ocurre, que el ser se vuelve más vulgar, más común, más parecido.



Todo amor debe ser respetado, admirado, contemplado.

Y, en consecuencia, si somos facilitadores de amor –que fue por lo que llegamos-, estaremos en condiciones de respetarnos y respetar...; de facilitar la conjunción, la concordia.

¡Que no se queden esas palabras en el vacío especulativo!, sino que cada vez que aparezca la rabia, la envidia, la prejuiciosa actitud –porque no se hace el mundo para mí, sino que yo me tengo que hacer al mundo-... es menester el recogerse en la intimidad del auto-respeto. Porque en esa medida vamos a corresponder.

Alegrarnos de los amores ajenos, de los planes ajenos. Que resulta que ¡no somos ajenos! Que se establece el criterio de “ajenos” como egoísmo y egolatrismo personal. Somos entidades –por pertenecer a la Especie Vida- solidarias, sociales, convivenciales, porosas. Es que, si no es así, si no fuera así, no se daría la vida como expresión admirable de tránsito, de sorpresas, de innovaciones, de ¡complacencias!



Y se actúa habitualmente con el criterio de “problema”, con el criterio de “aversión”, con el criterio de “dogmatismo”; con esas premisas de ¡prejuicios!

Dejamos de ser viento que navega, que busca, que toca, que sigue... Dejamos de ser lluvia que alimenta... Dejamos de ser ¡luz que ilumina!, y que promociona nuestros sentidos. ¡Traicionamos a nuestros sentires!... con nuestros juicios visuales, auditivos, de sabor, de perfume, de ternura...

Se establecen cuidos egoístas, y se olvidan los cuidos llamados “ajenos”.

El ser no reconoce al otro como también un enviado, un representante, un equivalente, un... ¡un necesario para sí mismo!

Necesitados somos los unos con los otros, para poder descubrir, aprender, seguir, permanecer... Si no, caemos en la guerra, en esa que está hambrienta de amor, en esa que está hambrienta de pan, en esa que está hambrienta de prejuicios, en esa que está hambrienta de condenas.



Al respetarnos y al reconocernos como necesitados... Aunque en apariencia –en apariencia- no nos guste, no nos parezca bien, y sigamos diciendo: “Hace mal tiempo, hace buen tiempo, esto me gusta, esto no me gusta”...

Y el ser se atrinchera en su posición; en definitiva, pidiendo... pidiendo esclavitud al entorno, pidiendo aplausos a sus posiciones. Y el ser busca hacerse fuerte y sentirse ¡imprescindible!, y despachar a lo demás como... inútiles.

Sí. La Oración, la Llamada Orante, nos auxilia con palabras que transforman, con palabras que ¡sanan!, y que nos colocan en la posición... que no da por hecho que éste, aquél o el otro es así o asao, sino que espera... –en la medida en que se da- espera descubrir por qué… por qué me encuentro con esta situación, con esta otra, con esta persona, con esta circunstancia, con esta…

¿Acaso me he gestado a mí mismo...?

¿Acaso todavía no me he dado cuenta de que el desarrollo de la vida, y su presencia, no es por mi participación o mis acciones? ¿Acaso no me he dado cuenta, aún, de que las personas, situaciones, acontecimientos, sucesos que tengo que vivir, acaso no me he dado cuenta todavía de que están ahí para mi desarrollo, para mi aprendizaje, para mi cuido?

¿Acaso creo que es castigo, mala suerte...? ¿Sí...?

No querer darse cuenta. No querer seguir la pista de los aconteceres que se suceden para nuestra evolución, nuestra claridad. Para que en verdad seamos bondad de amor permanente, y no circunstancial u ocasional, dependiendo de los gustos aprendidos, de las culturas impuestas, de las costumbres dogmáticas.

¡No somos consciencias esclavas!... de lenguas, costumbres, mitos... ¡No! Somos consciencias vaporosas, creativas, generosas, compartidas.

¡Por favor! ¡Somos aliento –como viento- que respira! Y si no se respira, se asfixia, se angustia.

¡Con ansiedad!, transita; ¡con miedo!, con tristeza, con la falta del 1“entusiasmós” que supone la consciencia de vivir. De vivir.

Sí. Es un ‘al-ivio’ –un ‘al-ivio’- el sabernos de esa naturaleza... y tener esa referencia de universo y universal, de nuestro ser. Porque así no nos perdemos, no nos perderemos en dogmatismos, en manipulaciones y en controles de unos sobre otros. Y dejaremos de ser jueces que condenan, que castigan con pensamientos, con palabras, con obras, con omisión –como se suele decir- cuando des-transitamos en las vías liberadoras: en esas vías que no empiezan la jornada con “el problema”, “los problemas”, sino que empiezan las jornadas con el entusiasmo, con la excepción, con lo extraordinario, con lo novedoso, con lo afectuoso, con lo amoroso, con lo enamorado, con lo fantástico.

Veo, olfateo, saboreo... ¡toco la vida!...

No podemos dejar de asombrarnos de nuestra naturaleza y, en consecuencia, de la naturaleza de los demás.

Dejemos de clasificar la vida, que “es así”, que las costumbres “son así”, que las leyes “son así”...

La Especie Vida no tiene –no tiene, no tiene-... normas, leyes... No. La Especie Vida es liberada de los atascos, de las propuestas egoístas de cada uno.

La Especie de Vida –a la que pertenecemos- no se ha puesto ahí en el Universo para ser un problema y para ser un conflicto de miradas, de gestos, de actitudes, de palabras, de pistolas, de bombas o de cualquier otra barbarie.



Y es así que, si recogemos la oración como el remedio de referencia que nos potencia nuestra naturaleza, entraremos en una evolución sanante, sanadora.

Abandonaremos las actitudes castigadoras, prejuiciosas: dejar de ser el martillo hiriente que, por cualquier situación no adecuada para la egolatría personal, salta y... ¡protesta, se queja, grita!

Un poco, ¡un poco!, ¡empezar por un poco de caridad hacia sí mismo! Eso se convierte en calidad, en nuestras prestaciones.

Concédase, orante, concédase un segundo de caridad.

Por el hecho de... amar. Un segundo.

Sabiendo que hay infinitos segundos...

Pues en alguno de ellos, por su caridad, aprecie a aquél, respete al otro, cuide del proyecto de aquéllos...

Sea valiente, y no se esconda. Sea evidente, sin proclamas.



Y es así que el Misterio Creador nos instaura... –y hay que darse cuenta de ello- nos instaura en su propia naturaleza: Misterio. Y nosotros tratamos de racionalizar y de especular y de saber cuáles son los planes divinos.

Y así no asumimos el misterio de nuestra propia configuración, sino que buscamos definirnos, con lo cual nos hacemos racistas inmediatos.



Todos recuerdan –seguro- la figura del mendigo... que pide, que invoca: “Una moneda, por el amor de Dios”.

En ese sentido, todos somos ¡mendigos! Y pedimos a unos y a otros, por el amor que el Eterno, que el Misterio Creador nos da, que seamos capaces de compartir, de entendernos, de conciliarnos.



“¡Una limosna?”. Cualquiera podría decir: “¿Nos vamos a convertir en pedigüeños de limosnas?”.

¿A ese punto ha llegado el radicalismo emocional y afectivo?: ¿que tenemos que pedir limosna para poder ejercitarnos como entes de amor?

Y así hemos sido creados. Y así podemos transitar. Pero ¡tanto se ha deteriorado!... que, sí, mendigos debemos ser.

Y limosnas. Limosnas de concordia, limosnas de convivencias, limosnas de sonrisas, limosnas de compartir, limosnas de convivir, limosnas de confluir, limosnas de asombro.

Sí, de ese asombro que nos hace ver, cada día, circunstancias, hechos y aconteceres que no sabíamos.



¡Por caridad! Una limosna, ¡por amor de Dios!

Un respeto propio, para un respeto continuo del entorno.

Un mantener... un mantener el amar, sin el interés de tener, de tenerlo, de poseerlo, de manejarlo, de controlarlo.

Dejar que la vanidad se haga sedimento, y el agua quede clara.



Que cada día sea el momento de despojarse de los residuos que se adhieren, de las actitudes que nos sujetan.

Que cada día sea el nuevo universo que se ofrece.

Interesante detalle, ¿verdad? Que nos parece normal que no nos haya dinamitado un meteorito o cualquier otra “barbarie” –“barbarie” entre comillas-.



Misteriosa, sí, misteriosa... Presencia Creadora... que nos contempla en nuestro desvarío. Y pareciera que no importara. Pareciera que hasta tenemos libre albedrío. Pareciera.

Sin duda, es la estrategia de lo Eterno para que inevitablemente nos encontremos con Él... ¡de bruces!




Dejémonos sorprender, sin disparar antes de escuchar. Dejémonos sorprender del transcurso, y dejemos de aplicar criterios vulgares; de esos que se dan por zanjados, de esos que dicen: “Esto es así y así y así”.



Dejemos que las evidencias del Misterio que nos lleva, nos muestren la calidad de vivir, la caridad por dar, la limosna que recibir y que dar.

No abandonar la excepcionalidad del instante, lo extraordinario del acontecer, lo insólito, lo singular.



Sí, vida de mendigo errante que, “por amor de”... nos hace abrirnos en nuestras conciencias hacia los vínculos liberadores: aquellos que sirven, que se apoyan unos a otros, que se sienten unidad de Misterio.



Y al sentirnos unidad de Misterio, nos expresamos en él Ámen, Amén, Amen....



Unidad de Misterio: Ámen, Amén, Amen.







***

1 En griego: “arrobamiento o éxtasis inspirado por la divinidad”.


Lema Orante Semanal

 

Se precisa una identidad de entrega

18 de marzo de 2024

    Transcurre nuestra humanidad en muy diversas vías, desde las personales hasta las grupales. Pero se podría hacer una visión –lo más sintética y práctica a la vez- que nos permitiera posicionarnos de la manera adecuada.

    Y así, está esa tendencia hedonista, particularista, egocéntrica, que se cuida y cuida a los cercanos, pero se hace racista a lo que no es de su ideario.

    Por otra parte, hay afanes intensos de paliar... lo desamparado, lo necesitado, lo urgente.

    Y ese afán se cumple de manera intermitente, de tal forma que la situación se vuelve crónica.

    Y las necesidades, las carencias, permanecen... y aumentan.

    La Llamada Orante nos recuerda... nos recuerda el lugar de nuestra residencia: el Universo. Y, en ese sentido, nos advierte del equilibrio, nos avisa de los ritmos, nos advierte de la evolución.

    Y de una manera general, nos hace que recabemos en lo sereno, en lo constante, en lo perseverante… que va desde el amanecer al anochecer, a la posición de las estrellas, al ritmo de las mareas, a lo cíclico de las estaciones...

    Suficientes referencias para replicar en esas coordenadas, y no caer en la sobreprotección de nuestros elegidos. No caer en el olvido de los necesitados.

Es decir, evitar extremismos y saber posicionarse.

    Saber posicionarse como ser intermediario que trae, tiene y debe ejercitar los recursos que la Creación le ha otorgado.

    Y eso implica conocerse, descubrirse; no radicalizarse, subjetivizarse y relativizarse a la hora de optar por una posición y tener una actitud.

    Pero ocurre –aunque pueda ser un tópico- que cada cual trata –trata- de hacer el mundo a su medida. Y, claro, nunca se consigue. Parcialmente puede pensar o puede pensarse que sí. Pero, en realidad, parece ser que lo que llamamos “mundo” es el que define nuestra presencia, capacita nuestros recursos y posibilita nuestras realizaciones.

    De ello podemos deducir que cualquier disposición o tendencia debe partir de la posibilidad de nuestra identidad como universo; de nuestro microcosmos como reflejo equivalente, similar, parecido o semejante... a ese macro Universo inabordable, pero en el que estamos inmersos.

    Y cada unidad –de cualquier característica- que aparezca en este, en estos, en todos los universos, replica en ese sentido de ser una expresión de un Misterio Creador.

    Porque, Lo Que Crea, lo hace “a su imagen y semejanza” como tantas veces nos han dicho, pero que no se le ha prestado la suficiente atención.

    Se reconoce a un artista –por ejemplo- por su obra, por su colorido, por su ritmo, por su tamaño, por su producción, por sus tendencias. Y podemos decir:“¡Ah! Este cuadro es de Fulano, esta música es de Mengano, este…”.

¿Podríamos... podríamos decir, de nosotros, como pertenecientes a una Creación, que somos el reflejo de ésta? –de esta Creación-.

    Al igual que el artista se identifica, si nos miramos, ¿podemos decir que somos una réplica de una Misteriosa Creación? ¿O, por el contrario, diríamos:“No sé quién soy”?

    Sí. Habitualmente no nos hacen esa pregunta. Además, ¿quién nos la puede hacer?

    Realmente, quien nos la puede hacer es la Creación, el Misterio; preguntarnos:“¿Quién eres?”.

Nos ponen en un aprieto. A lo mejor podemos contestar:

.- No sé. Es que no me han dotado de recursos para saber quién soy.

.- ¿No? ¿Seguro...?

    Quizás la obsesión esa de “conócete a ti mismo”, ya caduca en la cultura general dominante, sea necesario rescatarla.

    Y en la medida en que nos reconocemos como unidades de Universo, unidades de universos –de “universos”-, en esa medida nos disponemos a aceptar, compartir, convivir, asumir... lo que vaya aconteciendo. Y simultáneamente, proponer, dotar, ejercitar…; mostrarnos en lo que sabemos que... tenemos tendencia, tenemos capacidad, tenemos gracia.

    Sí. Cada uno tiene su gracia. “Gracia”, como la tilde de un acento en el que se marca una diferencia con respecto a otras palabras, a otros acentos.

    Con estas coordenadas podemos sentirnos en lo que somos, e irlo descubriendo, a la vez que el entorno nos lo va diciendo.

    Y esta disposición no debe –no debe- precisar aprendizajes, estrategias, conocimientos, investigaciones... No. Son manifestaciones de evidencia, que luego, sí, se pueden adornar con números, con saberes, con ciencias, con estadísticas… Sí. Pero la materia prima que debe estar activa es la que se corresponde con una réplica –en cierta medida- de toda la Creación.

    En estas desproporciones evolutivas marcadas al principio –desde el proteccionismo más alienante hasta el olvido más absoluto-, es en el terreno en el que, para permanecer, para ser testimonios de nuestros orígenes, debemos aportar nuestros dones y gracias... para que florezca nuestra memoria de Universo, para que permitamos la liberación de nuestro transcurrir... sin proteccionismos ni culpabilidades, sino con enterezas de compartir. “Enterezas de compartir”.

    Y así, a la hora de mostrar nuestras raigambres, nuestras infinitas procedencias, seamos capaces de transmitir...; transmitir lo que descubrimos que somos, transmitir lo que descubrimos de nuestro entorno, transmitir lo que somos capaces de capacitarnos.

    De tal forma y manera que se pueda compartir, que pueda ser un descubrir solidario... para así disminuir –o quitar- los estandartes de las clasificaciones, las distancias de los saberes, el racismo del conocimiento.

    La localización de nuestra posición supone una renuncia al hedonismo cotidiano, al racismo convivencial, y nos abre las puertas del compartir solidario. Que supone un respeto, un cuidado sin proteccionismos, permitiendo así la garantía de “cada uno en lo que es”, y no suplantando lo que cada cual debe alcanzar a ser.

    Se acrecientan y se acrecientan los tiempos de destrucción, incomprensión, división, alejamiento, dogmatismos personales... Todo ello cultivado, desde hace tiempo, por la vanidad del saber, por la egolatría del conseguir y la ficción del “tener, controlar y dominar”.

    Y es así que ahora podemos visionar que nos acercamos a ser dinamita que estalla, a ser gritos que pelean, a ser injustos repartidores de dones.

    Y todo esto se viene anunciando de una u otra forma. Y también con insinuaciones de compostura, de arreglos, pero que hoy por hoy encierran intereses, ventajas o rentas.

    Desde el Sentido Orante, nuestra actitud y disposición ha de ser plena en cuanto a nuestros dones y nuestras capacidades. No caer en el dogmatismo de la importancia personal y de la razón de “mi ser”, para justificar posiciones sectarias.

    Hacerse riguroso Universo: aquel que tiene ritmo, flexibilidad, respeto, ternura, ¡capacidad de escucha!, necesidad de equilibrio.

    Ese rigor de la serenidad, que no por ello renuncia al gozo, al disfrute, a la alegría. Pero para ello precisa de una entrega.

No vale un rato. No sirve un momento.

Se precisa una identidad de entrega. “Se precisa una identidad de entrega”.

    Así como el amanecer no nos abandona, el anochecer con las estrellas, tampoco, ¿qué sentido tiene que abandonemos nuestra identidad, que renunciemos a nuestras capacidades, que nos sometamos al dominio, al control?

    Procedemos de la grandiosidad de lo Infinito. No nos hagamos miseria finita que escudriña en los sedimentos de los basureros; de esos basureros de la razón, como conocimiento de dominio, como expectativas de poder.

    La grandiosidad de la Especie Vida, en la materia viviente humana, debe ser decorosa, elegante, amable, ¡no rencorosa!, sociable; ¡entregada a propagar la belleza!, a ser un mini testimonio de nuestra procedencia...

    Y al sentir la piedad que nos adorna, la misericordia que nos custodia, poder expresar, con la sencillez de la inocencia, nuestra presencia liberadora.

    Es preciso reclamarnos honestidad. Es preciso reclamarnos transparencia. Es preciso reclamarnos aceptación.

    Es preciso reclamarnos una bondad sin reservas, y apartarnos de esa obsesiva seguridad de pertenencia, de control, dominio.

Los momentos han llegado. No hay que esperar.

    No hay que esperar para germinar y brotar en nuestra entrega. No hay que esperar a la próxima estación, y a la próxima...

    Ya estamos en la necesaria acción. Ya estamos en el punto de dar el salto hacia la liberación.

    La Llamada Orante nos sitúa y nos alerta... para que dejemos de armarnos, y nos hagamos almados, amados –“dejemos de armarnos, y nos hagamos almados, amados”-.

Y no por ello vamos a perder, ni vamos a ceder, ni nos van a… No.

    Saber dónde estamos: en un Universo creador permanente. Y que somos expresión del mismo. Y, en consecuencia, llevamos la herencia creadora, y así nos hacemos creativos.

El día no combate con la noche. La noche no combate con el día.

Se admiran mutuamente.

 

***


domingo

Lema Orante Semanal

 

ES EL A-MAR, EL RECURSO

 

11 de marzo de 2024


Se hacen extensas las manías, las inseguridades y los prejuicios.

Avanzan las animosidades, los sectarismos y los radicalismos personales... como si todo fuera el anverso del verdadero sentido de vivir.

Sí. También parpadean –“parpadean”- virtudes y propuestas y proyectos, pero lo hacen de manera... subterránea, cuidadosa y temerosa; aunque encierran, sin duda, valentía por apostar hacia... la bondad innata del ser, heredada de la Bondad Superior.



Y quizá lo preocupante ­–nos advierte la Llamada Orante- es que, cada vez con más facilidad y con menos esfuerzo, el ser se expresa vanidosamente, groseramente, vulgarmente...

Como si se hubiera cambiado de moneda, y ahora la que hay en curso es otra. Y es la que vale: insultar, criticar, propagar aconteceres falsos...; predominio egocentrista y desapego de lo solidario y de lo atento. Lo amable queda por allí, rezagado.



Pareciera –¿verdad?- que siempre hay un motivo para quejarse. Y con ello, juzgar; y con ello, condenar; y con ello, disparar.

Pareciera que la latencia violenta está ¡ahí!... aguardando cualquier momento para atacar.



Y se hace... como un gen predominante que se transmite. ¡Contagioso!

Y lo que es más llamativo: sirve de patrón de referencia.



Y cuanto más ataques, critiques, condenes… pareciera –socialmente- que tienes más valor, verdad…



Bajo la óptica orante, podemos ciertamente caer también en desacreditar nuestro tránsito de vida, y culparlo en el nombre de… ¡de Dios!

Pero el Misterio Creador no condena, no persigue, no tiene prejuicios, no…

No es humano... Aunque, misteriosamente, lo viviente emane de su infinita decisión.



“Llamada Orante” advierte, avisa, sugiere, promueve, desarrolla... Pero todo ello emana de una Misericordia, de una Bondad; de un impulso misterioso... ¡que no nos persigue!; que le gusta vernos volar, que le gusta vernos sonreír, que le gusta vernos idealizar, que le gusta vernos conciliar.



Sí. Atrevida es la Llamada Orante que se atreve por apostar... –otra apuesta- se atreve por apostar hacia una conversión, hacia una transfiguración del trayecto que lleva esta materia viviente humana.



Pero no porque confíe... en nosotros. No. Porque se sabe conocedor de sí mismo.



El protagonismo de la consciencia humana llega a pedir a lo Divino que confíe en él.

¿Qué lo Divino confíe en nosotros? ¿Es una broma o…?

Trastocada consciencia, la que se erige en centro de la Creación.



El Misterio Creador es una… o es “la” referencia de vivir.



Y, bajo ese criterio, no tenemos ninguna... –subrayado- ninguna ascendencia sobre los planes divinos, los designios de la Creación. Ninguna.

Por eso, esa expresión popular que dice simplemente: “Que sea lo que Dios quiera”, no. Habría que mejorarla: “Será lo que quiera. Será lo que Dios quiera”.



Es semejante –salvando las distancias- a la criatura recién nacida, que precisa “inevitablemente” de la atención de la madre.

Será lo que la madre decida. Si la alimenta y la cuida, saldrá adelante; si no…

Y ¿qué suele hacer...? –bueno, por seguir con el mismo ejemplo- ¿y qué suele hacer la madre?: cuidarlo, alimentarlo, limpiarlo, hablarle…

¿Lo insulta?, ¿lo considera feo?, ¿le reclama más intelectualidad?, ¿lo castiga cuando no duerme?…

No, ¿verdad? No.

Hay aberraciones, sí. Pero lo apremiante y lo que sale por necesidad innata es el cuido, el abrigo, el consuelo, el alimento… Y eso constituye un motivo complaciente.

Ahora, traslademos este minúsculo ejemplo a la Creación y a lo creado, y su relación.

¡Cuánto más no emanará del Misterio Creador hacia sus criaturas...!

No es algo que está ahí para castigarnos. Es lo que Es y lo que Está... para expresarse en todas las criaturas. ¡En todas!: en la hormiga, en el elefante, en el hipopótamo, en el águila, en el ser humano.

“Es-Está”, como referencia para acercarnos un poco. Porque ni Es ni Está. Se sale de los parámetros que defendemos como verdades absolutas. Pero, bueno, de momento, sabiendo que no lo son, se usan para... salir del paso.

Pues sí. Es el que Es, el que Está y... el que produce, el que engendra, el que muestra, el que regula, el que sabe... cada segundo de lo que pasó, de lo que pasa y de lo que pasará.

¡Y en una esquina!... –seguramente, seguramente- en una esquina de esa consciencia animosa del ser, está el vector que nos hace despertar, seguir, continuar.

Y a veces creemos que es nuestro, y no. No. Es como una pila que nos recargan o ya está cargada o... ¡quién sabe!, pero no es nuestra. Nos movemos y actuamos y nos ejercitamos porque está la pila, si no…



Pues bien. En esa esquina, si nos referenciamos con esa promoción constante, tendremos la... –permitamos la palabra- la clarividencia de dejar de juzgar, condenar, criticar… y entrar en preguntarse, en descubrir. Porque va dejando –va dejando- signos, señales, que nos orientan hacia... hacia dónde.

Y ese otro dicho popular de que “no hay mal que por bien no venga”, sería utilizable en nuestra consciencia para preguntarnos:

“Esta iniquidad que campea como la verdadera posición, que ataca, que vende, que engaña ¿tiene detrás el aval de la bondad?”.

Difícil de ver. Muy difícil.



Pero lo difícil no es imposible.

De hecho, somos imposibles que permanecen en un lugar de la Creación, del Universo.



Cualquiera –supuestamente-, contemplándonos desde otras dimensiones, diría:

“¿Qué... qué sentido tiene todo eso que ocurre en esa bolita azul...?

¿Por qué esa singular excepcionalidad, al lado de la grandiosidad luminosa, oscura, insondable e inabordable, de la Creación? ¿Ha sido un fallo creacional?”.

No hay fallos.



Podríamos decir, más corriente y vulgarmente: “Dios no se equivoca. ¡Cómo va a ser!...”.

¿Y nosotros, sí?



Si somos –como se dice- “hijos de Dios”, ¿es que acaso el hijo no se equivoca con respecto a la posición del padre? Por seguir la trama familiar. Iba a decir la “trampa” familiar, pero salió la trama para... no sé.

El introducir la equivocación como fallo, como error, ¡no! No. La llegada singular que vivimos, por el hecho de vivir, es excepcionalmente impecable.



Sí. Y podríamos decir, en plan justiciero:

.- Sí, pero... ¿y lo que hace?, ¿y lo que mata?, ¿y lo que persigue...?

.- Sí... ¿Y qué?



El “¿y qué?” parece... que no importa la transgresión y los exabruptos del vivir humano.

¡Sí! ¡Claro que importa! Pero es parte, es expresión de un Misterio que transcurre. Y si nos damos cuenta de ello, emanará de nuestra actitud esa esquina de redención, de misericordia, de bondad, de comprensión, de escucha.

¡El amar no puede ser una daga que se clava!... por venganza, por razones o… Eso no es amar...

Eso es querer imponer, controlar y dominar. Y quedarse en la consciencia limitada, parcial, de la condena o el aplauso de un acontecer.




Si, por un instante, el ser deparara en el esfuerzo que supone el agredir, perseguir, atender a la defensa y al ataque, y se diera cuenta –y no es especialmente difícil- de lo fácil, ¡sin esfuerzo!, que supone el conversar, estar, ayudar, colaborar, aliviar, consolar…



¿Y si en vez de condenar, redimo?

¿Y si en vez de atacar, converso?

¿Y si en vez de condenar y ajusticiar, perdono?

Y aligero mis pieles duras y curtidas, y las convierto en plumas ligeras y frágiles, de esas que se juntan y alzan el vuelo.



En esa facilidad sin esfuerzo, cuando descubrimos que de esa esquina emana una elipse, una serpentina voladora que “sin esfuerzo” se muestra, se da...



Es el A-mar, el recurso; como así hace al evaporarse... y darnos la lluvia gratificante que nos permite nutrir y fecundar.

Es el Amar intrínseco de nuestra consciencia, el que nos hizo sobrevivir al llegar; el que nos cuidó y el que nos empujó a... saltar.

Es el A-mar, como piedra filosofal: la que convierte y transforma –como alquimista- todo lo que toca, en inmortal, en brillante, en apreciado, en generoso.



Disponernos… disponernos hacia una redención inevitable.

Posicionarnos hacia una bondad cotidiana.

Abrirnos a un estar sin condenas, sin juicios ni castigos...; a ser adoradores del amor del A-mar, expresado en el respeto, en la admiración hacia los otros y en la disposición a servirnos.



La Piedad nos acoge en cada desvarío. Está ahí para resarcirnos, para situarnos en la brillantez, en la esperanza permanente de lo imprevisto, de lo inesperado, de lo asombroso, de lo descubierto.



Pie-dad.





***

Lema Orante Semanal

 

DEPENDEMOS “ABSOLUTAMENTE” DEL MISTERIO CREADOR

4 de marzo de 2024

    Sí. Somos habitantes del universo, el cual no conocemos.

    Habitamos en una casa grande –muy grande-... en la que no sabemos qué es lo que se hace o no hace; pero lo poco que nos dejan ver, se nos muestra… –según nuestra consciencia- aparente.

    “Aparente”, porque no tenemos referencias de otras consciencias; o las que tenemos –y que llamamos “consciencias”- son inferiores.

¡Habitantes... del Universo!...

Parece importante. Sí, pero…

    Y el “pero” no es una queja, es constatar que el Misterio Creador nos ha situado con unas determinadas condiciones, en un lugar, espacio…

    Bueno, dicho sea de paso, estas palabras, ideas o conceptos son absolutamente sectarios. Sí, porque pertenecen a esta unidad de habitantes, pero como no sabemos nada del resto de… no nos atreveríamos a decir “habitantes”, pero del resto de la actividad de la gran casa...

    Bueno, es importante el admitir que las condiciones en las que estamos, como habitantes, son condiciones, bueno… –¡ay!, qué palabras, ¡qué cortas se quedan!- ¿restrictivas?, ¿condicionales?

    No nos vamos a preguntar por qué, pero apenas si saltamos un poco de este espacio, y volvemos a él. Diríamos casi que nos tienen atrapados a todos los vivientes.

Esto no suele gustar, pero ¡es tan evidente!…

¿Seremos... seremos acaso juguetes de una gran… –¡ufff!- una gran…? Sí...

    Y llegamos a creernos que... –y esto hay que pensarlo, ¿eh?- llegamos a creernos que somos –¡uf!- ¿libres?

    Sí. En determinadas condiciones muy, muy, muy cerradas podemos hacer lo que queramos.

Pero es muy pobre, ¿no?

    Es como si le decimos, al animalito del laboratorio, que es libre de hacer lo que quiera en su jaula. Ya lleva muchas generaciones allí y para él eso es... lo mejor. No tiene tampoco forma de comparar. No se atrevería a salir de la jaula, aunque la abrieran, puesto que ¡quién sabe qué hay fuera!

    Sí. El pobre –objeto del experimento- depende “absolutamente”... –esa palabra está bien- “absolutamente”, de quien le estudia, quien le alimenta, quien le…

    ¡Ah! Si eso lo aplicamos –en esa buena palabra: “absolutamente”- a los habitantes, en este caso humanos, que habitan –valga la redundancia- en el Universo, pues… ¿qué decir? ¿Qué decir? Que dependemos “absolutamente” de… de…; no sabemos de quién, pero…

    “El Misterio Creador”, lo apodamos, por nuestra ignorancia acerca de ello. Y “Creador”, por lo poco que vemos de lo que llamamos galaxias, novas, supernovas, enanas marrones, quarks… Una nomenclatura que cambia, claro; que nos apropiamos de ella y le damos una explicación –que también cambia hasta que llega otra explicación-. Realmente, no… No.

    Tampoco está muy clara la palabra “absolutamente”, puesto que, en nuestra configuración, nos rechina esa posición: “que dependemos absolutamente del Misterio Creador”. ¡Nosotros!, que somos capaces de cultivar la tierra, de… de... de…

Pero, claro, hace falta que llueva y hace falta que haya luz.

    Sí. Claro, tenemos que aclarar si lo de “absolutamente” es –¿cómo diríamos?- esclavista, y no nos deja hacer nada, o es un “absolutamente” absoluto –lo cual es no decir nada-.

    A estos momentos y alturas no hemos aclarado nada. Lo único que parece evidente es que nuestra presencia como habitantes del Universo está condicionada por la Creación del mismo –del mismo Universo-, totalmente.

.- ¡Ah! Entonces, todos estos… “contubernios” –vamos a llamarlos- de saber, conocer, entender, sentir… ¿todo esto es producto de –digamos- del laboratorio?, ¿de la vida en el laboratorio?

.- Ehhhh... sí.

.- Ya. O sea, algo virtual o... –¿cómo se podría decir?- algo “aparente”.

    Aunque nos dijeron –o nos dijimos- que éramos “a imagen y semejanza” del Misterio Creador.

    Y si una imagen vale más que mil palabras, cuando contemplamos nuestra imagen, puff, resulta difícil encontrar las mil palabras para definirnos. ¡Mil? ¿Tantas? Claro, no vale decir: cabeza, tronco y extremidades. No. Hay que ser más profundo.

¿Qué es ser más profundo...? Una vanidad.

    Quizás la Llamada Orante, hoy, nos advierte de que todos esos –y esto puede ser trascendental, sí- todos esos… –¿qué palabra sería buena?- “mejunjes” que se hace el ser humano, de: me gusta, no me gusta, que quiero, que no quiero, que esto es bueno, que esto es malo, que tengo celos, que no me llevo bien con éste, me llevo bien con aquello, me gustan las ardillas, a mí no, los elefantes…. Todo eso es mejunje.

    Y el peor mejunje que podemos tener en la Llamada Orante es el sentirnos… que no nos han dado lo que nos hemos merecido, que no nos han valorado lo que valemos, que no… Otros como nosotros. Si nuestra referencia es nosotros mismos..., suena un poco ególatra ¿no? ¡Un poco!, ¡un poco!

    O sea que, según esto, somos un “mejunje”. Es una nueva definición del ser humano: un mejunje.

    “Mejunje” dícese de aquel producto que lleva, eso: como cuando alguien se pone a hacer una cosa y, según va encontrando cosas, lo va echando. Lo va mezclando, lo va mezclando, lo va mezclando… y no se sabe qué es, pero está bien.

    Pero… ¿no se han dado cuenta –así, a nivel mundano- no se han dado cuenta de que todo ese afán..., que no, que no, ¡que no!… que no tiene que ver nada con ser un habitante del Universo? O sea, al decir “que no tiene que ver nada”, queremos decir que es un demérito estar así: “¡Ay!, que siento… ¡ay!, que no sé qué. Y este impacto, y esta… Y esto me ha hecho polvo...”.

    Y todo ese lenguaje –¿no?- barroco-roco-rocoso: “Y, claro, porque mi familia, porque… claro, si a mí me hubieran enseñado sueco sería distinto, pero solo sé alemán y euskera. Y entonces, claro, se me hace difícil compaginar, pero…”.

    ¿Ustedes se dan cuenta? ¿Ustedes se dan cuenta de todo este mejunje que nos comemos diariamente? Y claro, nos hace estar reflexivos, pensativos… y reservados. Y, además, lo más curioso del caso es que cada uno se siente “a very special person”. Se siente una persona especial, ¿no?

    ¡Hombre! Así, aparentemente, a veces… distinto, pero, por así dentro, pues los mejunjes son muy, muy, muy, muy parecidos.

“¡Ale!, ¡a mejunjear!” –parece decir la especie, ¿no?-. Y ves a uno así con cara seria, y ves a otro riéndose y tal...

.- ¿Y tú, de qué te ríes?

Dice:

.- No sé.

Y el otro:

.- ¿Por qué estás serio?

.- Ah, verás tú, es que me ha pasado esto, y estoy muy preocupado porque mi esternocleidomastoideo me da ligeras dolencias y fasciculaciones.

.- Yo, no. Yo estoy preocupado porque, claro, el tráfico y… no sé… no sé, no veo muy bien a mi hijo y a mi hija. No sé, no sé, no sé si… Pero… también.

.- También ¿qué?

.- Que también… no sé. Eso: que no sé.

Mejunjes…

    Esta Llamada Orante nos da un alivio inmenso. Sí, porque si nos… –no digo ya creer, no, no, no- pero si nos sensibilizamos ante todo esto, pues le quitamos hierro a todas las especulaciones personales, posesivas, superlativas…; a todas esas verdades que cada uno afirma. Al considerarlo “mejunjes”, pues no, no tienen… no tienen mucho valor.

¡Ah! Y nos preguntaríamos:

.- Entonces, ¿cuál es nuestro valor?

.- ¡Pero usted cree que alguien nos va a comprar? ¿De verdad? ¿Usted cree –de verdad, en serio- que alguien de la gran casa universal va a venir a comprarnos?

.- Se supone que tenemos un valor, ¿no?

.- ¿Quién nos va a comprar? Si entre todos los extraterrestres que hay –porque todo el mundo conoce extraterrestres y tal- ninguno… ni nos ataca ni nada. Nada, o sea… ¿Qué valor?

    ¿Ven cómo se cuelan las vanidades? ¡Nos damos valor!: “¿Qué valor tenemos en la Creación?”. Parece ser que, el Misterio Creador, de lo único que está pendiente es de nosotros. Sí.

        Y que nos cuida, por supuesto, descuidadamente. Porque, como dice el refrán: “Nunca llueve a gusto de todos”. ¡Con lo bien que se estaría ahora en la cama, calentito! Y ahora, sentados ahí como… ¡como mejunjes! ¡De verdad!...

    Claro, desde el punto de vista estrictamente humano –humano-: “No. No, no, no. Yo soy yo, y tengo mi genoma y tengo cultura y tengo tal”.

    Bien. Es así como habitualmente se vive: como mejunjes entreverados, entremezclados, revueltos.

    Pero, cuando nos llaman a orar y nos sitúan en esa posición, la sensación es muy liberadora. Sí. Porque a lo mejor –“a lo mejor”-, después de esta ducha de agua fría, nos quitamos importancia, valor, vanidad, seguridad, ¡certeza!...“Estoy seguro de que…”. ¡O no!

    No. No hemos entrado en la palabra “Misterio”. No. Se nos rebela nuestra mejúnjica composición. Nos molesta mucho:

.- ¿Por qué yo no puedo saber eso? Con el tiempo yo lo sabré. Con el tiempo, mejoraré tanto, tanto, tanto, que…

.- ¡Qué!

.- Que, bueno… que ya veremos.

.- ¡Ah! Bien.

    Pero imaginemos por un momento –así nos lo permite la Llamada Orante, para asumir el Misterio- que nos acercamos –y no es difícil, no, no es difícil- a un gran espectáculo de magia. Sí. Pero ¡grande!, ¿eh? Grande, grande. Y empiezan a suceder cosas: las cabezas ruedan, los pies piensan, el abdomen se ríe, la espalda se convierte en collar y nos quedamos blanditos… Empieza el espectáculo, e intentamos ver dónde está el truco, dónde está la trampa. Y no hay manera, no hay manera. Es un Misterio.

    Pero fíjense –siguiendo con el espectáculo-: cuando estamos ahí, y nos reímos, y nos sorprende, y ya abandonamos la idea de explicarnos cómo lo ha hecho, qué ha hecho, finalmente quedamos totalmente –totalmente- sometidos al Misterio. ¡Voilà!

O sea que…

.- Sí, ¡pero había truco!

.- Bueno, pero usted no ha visto ningún truco.

.- ¡Pero tenía que haber truco!

.- Digamos que sí. Ahora, extrapole esto a su espacio, a su concepto de habitante del Universo. ¿Qué? ¿Cómo asume el Misterio? Estar inmerso en materias oscuras, en energías oscuras y en una pizca de luz visible. ¡Una pizca! O sea, usted es la pizca. Y está viendo el Misterio –o sea, el espectáculo- y no sabe nada, pero ocurre: se expande, se modifica, se… ¡buf!

    Sí. Si contemplamos el Misterio –para que no nos resulte vanidosamente atragantador- como la Gran Magia de la Creación, estaremos transfigurados y transformados para que, a todo lo que vaya a ocurrir o suceder, le demos ese tinte de Misterio… Creador.

    Y es así que, todo lo que nos ocurre como habitantes de la Creación, lo referimos a ese Misterio Creador. Todo. ¡Todo!

Ya no vale decir:

.- ¿Y yo, qué?

.- ¿Cómo que “yo qué”?... ¡Anda! Hazte un “yóquey” y móntate a caballo. O, si prefieres, conviértete en un joker, y haz reír o asusta.

    ¡Voilà, voilà, voilà! [1]“¡Balones fuera!”. Balones de esos, pinchados, que nos aferrarnos en golpear y no… no vuelan.

    Y es así como, al sentirnos ¡vivos!... en el seno de un Misterio Creador, y en consecuencia, nuestra procedencia, nuestra esencia no nos pertenece –como se ha dicho en otras ocasiones: “no soy de mí, no me pertenezco”-, me debo. Me debo a ese Misterio Creador y trato de sintonizarme con Él. Porque Él sí está conectado completamente conmigo; porque si no, no existiría. Pero mi nivel de Creación me da para… orar, me da para acudir a la llamada y descubrir lo que me dicen, e incorporarlo. Y ver, bajo esa óptica, cómo transcurren los aconteceres –cómo transcurren los aconteceres-… ¡sin que yo los produzca! Pero a la vez estoy inmerso en ellos.

    Otra imagen sería la de ser una pieza del tablero del ajedrez, pero no tengo capacidad, como peón, ni como caballo, ni como reina, ni como rey, para decidir hacia dónde voy. ¡No! Para eso está el jugador. Yo soy la pieza.

.- ¿Y quién es el jugador?

.- Ese Misterio Creador. Él lleva las blancas y las negras. Las dos.

    ¡Y ora y ora y ora y ora!, hasta que llega el jaque... –que no es mate-; el jaque de aviso primero, el jaque de advertencia: y ocurre esto, y ahora te pasa aquello, y ahora ocurre lo de más allá… ¿Ves? Tienes que ir hilando, hilando. Y cuando llega el jaque mate, no, ¡no te van a matar! Te vas a enfrentar a la claridad luminosa. Vas a descubrir que, mires hacia donde mires, con el Misterio Creador te vas a encontrar. Por fin tu corazón será liberado.

    Y fíjate, fíate todo lo que ha pasado mientras tanto: ansioso iba el peón buscando coronar, pero… ¡ay! Había un alfil atravesado que no lo dejaba pasar.

    ¡Ay!, ¡qué sacrificados caballos! ¡Ay!, ¡qué sacrificada dama!, que decidió desaparecer con otra dama. ¡O no!

    Sí; se amplifican las posibilidades. Por eso nos es válida la comparación.

    Y claro, pensando, pensando, pensando como pieza, pieza, pieza, si soy caballo, o alfil de dama, o alfil de rey –¡obispo!-, estaré preocupado en la posición en que estoy y estaré atento a la estrategia que hacen sobre mí. Y me ponen ahí, y me ponen allá, y me quitan de aquí, y me quitan de allá, y a veces me sacan del juego –peón por peón-, ¡y ya no estoy!

.- ¿Y dónde estoy?

.- Ya no estás. Sí. Ya no estás en ese ambiente, en ese lugar, en esa situación. Han decidido colocarte en un sitio donde puedes desayunar, comer y cenar, y tener cobija y tener calefacción, ropa y distracción.

.- Pero...

.- Sí, sí. A aquel otro… se lo comió un caballo y vive en el desierto, no tiene tienda y, comer-comer, lo que se dice comer, no. ¿Beber? Lo imprescindible. ¿Frio? Mucho por la noche. ¿Calor? Muchísimo, por el día.

.- Pero...

.- ¿Cuál es el “pero”?

    No sabríamos decir cuál es el “pero”. Es un Misterio. Como ese gran espectáculo que montaron, en que nos hacían ver cosas increíbles. Pero juraríamos ante cualquiera que las hemos visto, y que son así.

    La Llamada Orante nos llama a librarnos de nuestra egocéntrica y egolátrica y vanidosa importancia personal. Nos llama a sentirnos, eso: habitantes de un Misterio Creador. Sí. Nos llama a no tener esos secretos y misterios que luego, con vanidad insondable, el ser dice “llevarse a la tumba” –y frases parecidas-, como queriendo ser transcendente. Como si las tumbas existieran o como si a las tumbas les importara guardar secretos. Si, total, llegará un historiador y contará lo que quiera. ¡Voilà!

    Sí. Se podría decir, a estas alturas, que yo era algo y alguien antes de orar, y después no soy nada. ¡Ah! Bienvenida, bienvenido a la Creación, porque ésta se hace de la Nada.

    Es un mago. La Llamada Orante es mágica.

    Repetimos la secuencia: “Y yo llegué siendo algo o alguien ocupado, interesado, y ahora, después de orar, resulta que soy Nada”.

Y la Nada nos dice:

.- ¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a la Nada!, porque a partir de ahí se crea todo. Y puedes crear…

.- ¿Crear...?

.- Y puedes crear, bajo ese estado de consciencia, otras realidades. Y puedes cambiar.

.- ¿Cambiar?

.- Sí. Y puedes vivir.

.- ¿Vivir-vivir?

.- ¡Sí! De otra manera. Como eres “Nada”, puedes modificar, dentro del compartimento en el que te encuentras, del Universo... Es… verás, verás: llegabas lleno de todo, y ahora tienes Nada. Es como si te hubieran abierto una ventana, y vieras algo más que el cielo gris, azul, amarillo o verde… y vieras algo más.

    La gran ocasión, la gran oportunidad de diluir todos los afanes, preocupaciones, prejuicios… y sentirme “Nada”, ¡sin estar triste!, sin estar lloroso, sin estar desposeído. ¡No! Estás en Nada.

    ¿Y no escuchaste decir que Dios creó todo el mundo, todo el Universo, de la Nada?

    Así que todo tu microcosmos puede reestructurarse de otra manera, puede remodelarse. Abandona la idea fija de lo que eres, porque en realidad eres Nada.

    Pero, claro, si lo contemplas bajo la óptica de tener, querer, poseer… ¡ah!, ¡no! No, no. Es ¡todo lo contrario!: “Estoy en condiciones –bajo el estatus de Nada- de crear”.

    Es como si, de repente, como animal de laboratorio, al acercarse Asdrúbal o Geroncio para darme la comida, le dijera: “Mira, hoy no tengo hambre. Si no te importa, voy a hacer ayuno intermitente”. Nos imaginamos el susto del cuidador, cuando no el desmayo o la locura, o callarse y no decir nada porque si lo cuenta nadie le va a creer. Hasta que, de repente, todos los animalitos empiezan a hablar.

    Es que estaban en la oración y se han descubierto que son Nada, y a partir de ahí han empezado a crear una forma de comunicarse con sus captores y manipuladores.

    Se acabó el laboratorio. Todo el mundo fuera.

    Liberados de ser experimentos, nos encontramos en el infinito Universo, en el que no tienen valor nuestros valores, en el que se nos retrotrae hacia la Nada para que hagamos, de nuestra presencia, un estar liberador, amante de vivir…¡en bondades permanentes!

***

[1]Comúnmente se utiliza la expresión“echar balones fuera” para eludir una situación, no hacerse cargo, evitar ser claros, evadir una respuesta o no asumir los errores.