¡En un
Universo tan impresionante, quedarse secuestrado por la propia naturaleza del
ser!
5 de junio de 2023
La Llamada Orante nos transmite la
idea de que todo lo que para nosotros,
como especie, es configurado –es decir, tiene una forma, una consistencia, una
estructura, una concentración-, todo ello es almado, todo ello es animado; todo
posee un hálito, aliento, o como se lo quiera denominar, dentro de las
concepciones de lo que llamamos “vida”: paredes, cartones, piedras...; agua,
hielo...
Va un poco más allá del animismo,
aunque está en esa frecuencia.
Y nos añade la Llamada Orante que,
dados nuestros sentidos, llamamos “configuradas” a una serie de cosas, pero
nuestros sentidos dejan de percibir otras que para nosotros son invisibles. Que
pueden ser ‘pre-configuradas’, o
simplemente no lo son.
De esta manera nos sitúa en un... –permitamos
la palabra, aunque es muy escuálida- en un “mundo”
prácticamente desconocido. Y a la vez, en un mundo especialmente sensitivo;
tanto para lo que percibimos configuradamente, como para lo que no.
Conscienciarse
de esta posición... nos lleva a desarrollar actitudes en el hacer vital, en el
hacer de vida, diferentes a las que
tenemos cuando creemos conocer, saber lo que es el mundo y lo que es la vida.
Sin duda, el desconocerlo –como se nos plantea- no implica una actitud de
despego o de falta interés o... ¡No! Al revés: implica curiosidad y asombro
ante pequeños o grandes aconteceres.
Si a esto, y a esta situación de
consciencia, añadimos el desconocernos
–nos conocemos relativa y subjetivamente-, con este añadido, el ser de
humanidad es un ser que está en un infinito puzle; que no posee ni tiene más,
más, más, más importancia que un cuarzo, que una ola, que una planta, desde el
punto de vista de la Creación, a la que pertenecemos.
Y esto nos permite darnos cuenta del
sectarismo que ha desarrollado la especie; de la posición de privilegio y de
centro. Como se decía antes: que el sol daba vueltas alrededor de la Tierra.
Pues igual: todo, en la raquítica,
estricta y secuestrada conciencia humana, todo está supeditado a lo humano.
Y aunque nos demos cuenta de que
nuestra presencia está ‘to-tal-men-te’ condicionada a todo el entorno o por
todo el entorno, a pesar de ello, el ser se considera importante, central,
nuclear...; impone, domina, controla...; desarrolla esa faceta llamada “Ciencia”,
en la que oculta su ignorancia, pero a la vez descubre su infinita incapacidad.
Pero la esgrime como una daga, como
una espada que precisa, que atina, que acierta...
Y quizá –quizá-, todo ello en gran
parte se debe, dentro del Misterio Creador, a la concepción de que, como
especie, estamos concluidos, estamos conclusos; hemos terminado nuestra
capacitación, nuestra preparación. Es como aquel que estudia para una profesión,
y finalmente se licencia... y cree que ya es un asunto terminado. Y empieza a
ejercer, y se queda con lo que ha encontrado, y no progresa en su búsqueda, en
su ignorancia... Y, claro, prontamente queda relegado. Queda en las posiciones
de servidumbre.
Al tomar la consciencia como un proyecto evolutivo, no solamente por el
aprendizaje, sino por la conceptualización de la vida en su misterio, y su
amplificación –como se ha dicho- hacia todo
lo constituido, lo configurado y lo no
configurado, lo cual, en su extensa e infinita mayoría desconocemos...
Bajo la óptica de sabernos una
expresión de la Creación, pero no especialmente... importante, llamativa...
Nos sentimos muy superiores al
rinoceronte, por ejemplo, que fue evolucionando de un mamífero pequeño, a lo
que hoy vemos.
O, socialmente, nos consideramos
mucho más capaces que la organización y el desarrollo de un hormiguero, quizá
porque podemos aplastarlo y destruirlo a golpes, o con algún ácido destructor.
¿Será eso...? ¿Será el darnos cuenta
de que somos capaces de destruir...? Pero no solamente con golpes, ácidos,
bombas. No. Destruir en consciencia.
Sí. Conscientemente destruyo a aquel otro humano que piensa
de esta forma diferente o...
Para destruir no hacen falta espadas,
ni hoces, ni martillos. También, también se usan, claro.
Pero se puede destruir con la
consciencia de borrar a éste, a aquél,
a aquéllos, a los otros.
Una simple insinuación prejuiciosa, ‘pre-juiciosa’, ‘pre-juiciosa’... hacia una persona, ya supone una violencia. Porque
se le ha prejuzgado. Se la tiene en el punto de mira de la condena, del
castigo.
Fijarse cómo, hoy, cada vez aumentan
más las noticias de que la soledad –del anciano, sobre todo- es una parte de la
experiencia vital que deteriora las
capacidades cognitivas.
Si... –para entenderlo mejor- si ese
ser que se siente solo, tuviera el criterio y la concepción de consciencia que
hemos esbozado, que nos transmite la Llamada Orante, nunca se sentiría solo. Y menos aún –y ahí vemos la arrogancia
humana-, menos aún cuando no tiene a otro humano cerca.
Hemos llegado a un punto de racismo
en el que “estoy solo” o “me siento solo” porque no hay otra persona.
Pero tienes un árbol, tienes un
grifo, tienes una manguera, tienes una pala, tienes...
.-
¿No has probado nunca a hablar con un cuchillo?
.-
¿Un cuchillo? ¿Los cuchillos hablan?
.-
Claro. Otra cosa es que tú no los escuches.
.-
¡Pero eso sería una locura!...
.-
¡Ah!, claro.
Habría que... habría que revisar el
concepto de locura, ¿verdad?
En realidad, habría que revisarlo todo.
Se dice, así, bajito, “todo”, para
que no parezca muy grande. Pero decir todo
es impresionante.
.-
Porque resulta que lo que creíamos, teníamos, pensábamos... ¡bueno, bueno!...
.-
O sea ¿que no?
.-
¡Bueno, bueno!...
.-
¿Todo?
.-
Sí.
Lo cual no significa una catástrofe. Porque,
habitualmente, se tiene por ganado esto y aquello, y entonces, revisar,
replantear, reconsiderar... parece que se pierde lo que se tiene.
Puedes viajar en un vehículo con
ruedas, pero también puedes viajar en un vehículo sin ruedas.
Lo cual no significa que el “desechar”
–entre comillas- lo anterior, porque ha aparecido otra nueva percepción, sea
una pérdida.
Ciertamente, la consciencia humana
tiene un complejo de urraca.
Dícese de “urraca”, esa maravillosa...
–maravillosa, sí-, esa maravillosa ave que guarda todo lo que encuentra. Es una
forma de diversión. Visto desde el punto de vista de la urraca, claro. Visto
desde el punto de vista humano, decimos: “Ah,
fíjate, la urraca”. Y terminamos diciendo: “Eres como una urraca, que guarda todo, tiene todo”. Ese síndrome
de Diógenes.
Sí, pero no hace falta que sea
configurado, ¿verdad? Con que se tenga en consciencia, ya la persona está
llena.
Salvo excepciones, todos tienen una
obesidad de conciencia, considerable.
Que si mi primo, que si mi tía, que
si mi amigo, que si el país, que si aquello, que si la lluvia, que si la
electricidad, que si...
Y todo eso se va acumulando como un
pesado tráiler que lleva y lleva y lleva... y se va apuntando y se va ‘rasificando’...
Sí. La mayoría de la mayoría de los
seres aceptan esa situación como normal. Cualquier otro planteamiento, como el
que sugiere la Llamada Orante, resulta incómodo.
Se vuelve a centrar en “el pan, pan, y en “el vino, vino”, y no ve más. “No va
más”, como una ruleta.
Qué pena, en un Universo tan impresionante..., quedarse secuestrado
por la propia naturaleza del ser, buscando su
confort, su bienestar, su comodidad, su seguridad, su “su”...
El “su-mi”... lo abarca todo, lo
recoge todo, lo ata todo.
“Su”, “su”, “su”; “mi”, “mi”, “mi”.
Una especie “sumi” pierde la
perspectiva universal, porque no la puede dominar, porque es “sumi”.
Una especie “sumi” pierde la
comunicación con el entorno, o la condiciona a su gusto sin que sea la
auténtica, y obliga a respuestas que
quiere oír.
Una especie “sumi” busca sus
posesiones... de muy diversa índole; esas que le permitan mandar, ordenar.
“Lo sumi” nos ha llevado, como
especie, a una ciénaga... donde es difícil, muy difícil, compartir, convivir,
congeniar...
La marea, en la ciénaga, es escasa. No
suele hacer tsunamis. La ciénaga se queda ahí estancada..., y lo que se acerca,
o si se acerca uno demasiado, puede quedarse apresado.
La Llamada Orante nos llama a salir...
A salir hacia las perspectivas de un Universo
creador, evolutivo, cambiante, solidario.
La humildad y la sumisión que se
desprende de sentirme, no un “sumi”, sino un ignorante supremo, me libera de la
ciénaga.
Me hace aire. Me hace sonido. Me hace
suspiro. Me hace aliento.
***